[UAF]Un Accidente Fortuito… [Capítulo 1]

Buenas noches, tenemos listo ya para ustedes el capítulo 1 de “Un Accidente Fortuito…”.

Le recuerdo a los suscriptores que leen vía correo electrónico que si quieren realizar un comentario, deberán venir al blog y comentar aquí ya que si intentan contestar el correo que les llega, será rebotado pues es una dirección fantasma “noreply” (no responder) usada solo para que les llegue cada entrada.

Retomando el tema: Agradecemos mucho la respuesta obtenida por todos ustedes, y pues no queda más que decir ¡vamos por más!.

Idea original: Ilse

Desarrollo: Ilse, Alfredo

Edición: Alfredo (ojo, si hay faltas de ortografía es fallo mio porque se supone que revisé antes de publicar XD)

Ella: Morado. Él: Verde.

~

Abrí los ojos. He de reconocer que me quedé dormido. No se ya cuanto tiempo he pasado sentado en esta misma silla; esperando lo mismo. Dijeron que no tardarían mucho, pero la última vez que miré el reloj habían pasado ya 3 horas.

Al menos conservaba mi reloj…

– ¡Tú! “chicoladrón”, ven aquí. – dijo la señora del otro lado del mostrador.
Fruncí el seño, no me agradaba que me llamaran “chicoladrón”.
– Ya revisamos el sistema, en efecto no tienes antescedentes. – me dijo seria, pero de un instante a otro cambió su semblante por otro muy distinto: una sonrisa.

– Es más, al contrario de lo que pensabamos, eres un gran usuario de la biblioteca, nunca te has atrasado en alguna devolución, nunca has maltratado un libro, inclusive has hecho varias donaciones. Parece que será sencillo creer que esto ha sido un error y tu intención no era sustraer el libro de la biblioteca. –

Sonreí. Creo que después de todo, respetar las reglas después de tantos años me sirvió de algo.
– Toma, te devolvemos tus pertenencias. Dada tu constancia como usuario no crearemos un perfil por el “accidente”. Se más cuidadoso. – finalizó ella.

Tomé mi teléfono, mis credenciales y mis llaves. No pude evitar mirar a la señora y decirle “Gracias”.

Salí del mostrador, y miré al vigilante de la entrada.

– Lo lamento – le dije. – Fue un error, no volverá a ocurrir.
– Anda, vete ya. – me hacía señas indicándome que saliera.

El fresco aire del atardecer me dió de lleno en el rostro. ¡Qué grato era ser libre nuevamente!. Me pregunto ¿qué sentirán las personas que pasan años encerrados? culpables o no, debe se terrible.

Caminé sobre la acera tratando de recordar el motivo de toda la revuelta.
Me detuve en seco: había dejado la funda con los lentes rotos en la biblioteca.

No supe si regresar por ellos o irme a casa.

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Necesitaba volver a mi casa y no tenía la mínima idea de dónde estaba, había llegando caminando pero realmente no estoy segura de cuánto tiempo había pasado ya.
El cielo comenzó a llenarse de nubes grises, una tormenta estaba cerca y yo no contaba con el efectivo suficiente como para darme el lujo de tomar un taxi.
Tal y como acostumbro empecé a preguntar por alguna calle que conociera o alguna parada de autobus para poder llegar a mi destino; traía un libro que no era mío bajo el brazo y considerando que era mi primer préstamo de la biblioteca no quería que se dañara.
Un vendedor de revistas me dió indicaciones para llegar a la parada de autobuses más cercana, guiada por uno de estos “gurus del camino” pude encontrar la forma de volver a casa; desafortunadamente el camión que yo debía tomar había salido ya y el próximo tardaría al menos 30 minutos en llegar, no se diga en partir.
Me senté junto a una señora que al parecer esperaba el mismo camión que yo, me miró extrañada, supongo que debí verme muy desorientada, jamás había estado es ese lugar. Abrí el libro que traía conmigo y empecé a leer.

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Ya eran bastantes incógnitas en mi día como para dejar un hilo suelto demás.

Volví sobre mis pasos.


El vigilante me miró de reojo cuando entré de nuevo.
– Señorita, disculpe dej… – comenzé a decir.
– Niño despistado, olvidaste tus lentes y tus pañuelos. – se adelantó a decirme.
– En realidad no son mios… – respondí sin pensar.
– ¡Ah! Entonces no te los doy – contestó mientras reía.
Rápidamente busqué una respuesta lo bastante creíble para safarme de mi impulsividad.
– Me refería a los pañuelos desechables… seguramente alguien debió dejarlos en el mostrador – mentí (en realidad sí eran mios).
– Hoy día la gente es tonta, es tonta, pierden todo, son tontos, sí. – dijo una señora mayor que estaba detrás de mí – pero más tonta yo por perder mis pañuelicos – añadió y tomó mi paquete de pañuelos…
Me sorprendió bastante el hecho de que la señora aprovechara el momento para “robar” mis pañuelos, pero no dije nada pues pensándolo un poco: Yo estaba haciendo en cierto modo lo mismo con esos lentes.

Tomé la funda y verifiqué su contenido: Aun estaban ahí dentro.
Le dí las gracias a la señora y miré de soslayo a la otra señora mientras se sonaba la naríz con uno de mis pañuelos.

– Bah… solo son unos pañuelos. – dije para mi.
– Y son desechables – me dijo la señora.
Nunca supe si se estaba burlando de mí o que. Salí nuevamente de la biblioteca y miré al cielo. Estaba oscureciendo.


La probabilidad de que siguieran saliendo los camiones a esa hora era mínima, así que tomé la avenida principal y comencé a caminar.

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Habían pasado ya más de 40 minutos y yo solo había aprendido que el libro que tenía conmigo no me ayudaría a entender por qué esa pesadilla, (aun después de tantos años) continúa persiguiéndome.


El camión arribó, subí a él y tomé asiento, siempre me siento del lado  de la ventana, me gusta ver “la vida” pasar a mi costado, esta vez no fue la excepción.

Vi de todo, niños correr, hojas caer, charcos formandose por la lluvia, parejas caminando de la mano… De pronto vi algo conocido: la puerta de mi casa; me levanté corriendo, creo que golpeé accidentalmete a un pasajero, no me importó, corrí a la puerta del frente (tenía una tremenda fobia a bajar por la parte trasera del camión), dije “gracias” al chofer, bajé y entré a mi casa.

Prendí la luz de la sala, y fui a secar lo poco que la lluvia había dejado sobre mi; decidí tomar un baño para después ir a la cama, lo cierto es que ni siquiera había oscurecido pero fue un día algo extraño y no quería otro “accidente”.

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450, 451, 452… 45? ¡Plas!.

Me perdí en el número de pasos. Cuando mi mente divaga en todo y nada en específico, comienzo a contar el número de pasos que me toma llegar a mi destino. En esta ocasión, mi cuenta se vió interrumpida al pisar accidentalmente un charco. Había charcos en las calles ¿acaso había llovido?. Miré detalladamente para confirmar mi pensamiento. En efecto, todo estaba mojado menos yo. Al parecer durante mi pequeña siesta en la biblioteca había llovido.

Me gusta la lluvia, pero en esta ocasión me sentía contento de no haber estado bajo ella.


Retomé mi caminar, orgulloso de no estar mojado. Pero el gusto me duró poco. Al dar vuelta en la esquina, un automóvil pasó muy rápido y me salpicó todo. Lo primero que pasó por mi mente fue una maldición tamaño continental… que no pude decir por tener la boca llena de agua.

Hecho sopa (como dirían mi madre y mi abuela) seguí caminando. La gente reía al mirarme. Lo único que no me habría perdonado en ese momento es traer conmigo un libro y que se hubiera mojado. Afortunadamente en esta ocasión no traía uno conmigo.


Metí mis manos a los bolsillos de mi pantalón. De un lado encontré mis llaves, del otro la funda de los lentes. Comenzé a juguetear un poco con las llaves pero me aburrí pronto.

Recordé que cerca de mi casa se encontraba una óptica. Por un momento, pasó por mi cabeza la idea de llevar a reparar los lentes. Era lo menos que podía hacer… pero ¿valdría acaso la pena? ¿su dueño acaso los recuperaría reparados? o solamente ¿gastaría mi dinero sin sentido?.

Nuevamente decidí dejar esa respuesta para después y continué mi camino a casa.


– ¿Qué te pasó? – me preguntó una vecina que estaba barriendo agua fuera de su patio.
– Se incendió mi ropa y los bomberos me hicieron el favor de apagarla – le contesté sarcásticamente.
– Madre santa mijo, seguramente te la encendiste con un cigarro, ¡ay ay! estos jóvenes adictos de hoy día – dijo ella.


– Yo no fumo. – respondí de mala gana y abrí la puerta de mi casa.

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Sali del baño, me puse la pijama, tomé el libro que estaba en la mesita de la sala y fui a recostarme; aún tenía la esperanza de encontrar la respuesta a las interrogantes que me atormentaban por la noche.
No hicieron falta más de 15 minutos de lectura para verme completamente sola e insegura en ese pasillo sin fin, abriendo  una puerta más que, como siempre, me llevaba a una habitación vacía, sin luz, sin sonidos, incluso parecía que el aire faltaba ahi… no podía respirar.

Salí de aquella habitación solo para volver a ese enorme pasillo… ¿Algún día cambiará?

Estoy segura que solo ahi puedo sentirme tan vulnerable, tan pequeña, tan indefensa, tan… tan… tan perdida.

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Capítulo Uno.

~ Ilse & Alfred ~

¡Gracias por sus comentarios!

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12 pensamientos en “[UAF]Un Accidente Fortuito… [Capítulo 1]

  1. Edward dice:

    Genial, muy, muy genial.
    Dejadme felicitaros (Ilse y Alfredo) por este maravilloso trabajo. Espero ansioso el siguiente.
    🙂

  2. Wendy dice:

    genial genial!!
    ya quiero ver el otro!!
    =D

  3. Asiul dice:

    Wo wooo me gusta mucho la dinamica! espero leer más!!!

    • Alfred dice:

      Como dije en el comentario anterior: Nosotros también.
      Ojalá esta noche pudiésemos tener otro… pero no prometo nada 😛

      ¡Gracias por leer! 😀

  4. XaiL dice:

    me siguio gustando el capitulo jejeje sii definitivamente hacen buen equipo!! sigan asi!!

  5. Steph dice:

    No se q tienen estas historias,que me atrapan caray!
    hay casos en q dos mentes diferentes unidas son un desastre,pero aqui es lo contrario,son mentes unidas q logran hacer algo inexplicable,felicidades a los 2,hacen un buen trabajo!,bueno termino comentario,quiero ver lo q sigue d la historia. 😀

  6. […] y por eso hubo tan buena crítica y visitas. Durante este mes, pudieron leer los Capítulo 0, Capítulo 1, Capítulo 2, Capítulo 3, Capítulo […]

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