[UAF]Un Accidente Fortuito… [Capítulo 8]

¿Querían un capítulo más largo? ¡Aquí está! (Claro… después de algunas semanas de espera XD) Esperamos les guste 🙂

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“Esta noche,

mis ojos se tornarán de color esmeralda,

solo para mirarte y compartir:

cada estrella de ese cielo contigo.”

[Alfredo C.G.]

Idea original: Ilse

Desarrollo: Ilse, Alfredo.

Edición: Alfredo

Ella: Morado. Él: Verde.

~

El agua caliente resbalaba por mi espalda, se sentía bastante bien. Me encontraba en un punto donde no sabía ¿qué parte de todo era realidad y qué no?. Pero dentro de la mezcla de imágenes y sensaciones, yo estaba muy a gusto. La imagen de la regadera de mi casa, junto con el espejo lleno de pasta inundaron los vacíos en la negrura de mi mente… pero en verdad, el agua se sentía correr en mi espalda, como si de nuevo estuviera ahí.


Percibí unas voces… pero no entendí nada de lo que decían. Sentí que me movía a algún lado… la imagen de la imprenta Fragoletti acudió ahora a mi mente. ¿En verdad me estaba moviendo o era solo la ilusión de un sueño?

Sentí que el aire de mis pulmones salió expulsado por una fuerza que venía de algún lado. Voltee a los lados y estaba corriendo de camino a la biblioteca… ¿por eso me faltaba el aire? El escenario cambió drásticamente y una fuerte luz me dió de lleno en los ojos.


No pude enfocar, ni mucho menos saber que sucedía a mi al rededor, pero creí estar mirando el Sol al salir de la biblioteca.

De nuevo esas voces ¿qué sucedía?.

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Una señorita me interrumpió:

– No puedes pasar pequeña –

– Pero… ¿ por qué? , ¿ a dónde lo llevan?. –
– Tranquila. ¿Viene alguien mayor contigo? –


Era suficiente, en momentos como este odiaba verme más joven de lo que en realidad era.


– Señorita, tengo 19 años, ¿necesita a alguién más grande? – dije de mala manera. En verdad estaba terriblemente estresada; este día había sido toda una aventura.
Al parecer el mensaje había sido claro.


-No, esta bien con usted- dijo la enfermera y añadió – Necesito que llene el papeleo para poder internar al joven -.


No era posible… ¿papeleo? , ¿con qué datos?.. Yo acababa de conocerlo; entre la niebla que invadió mi mente llegó un momento de lucidez “¡El recibo!”.

Busqué y lo encontré en mi bolsillo, lo saqué y comprobé que ahí venían algunos datos como el nombre completo y su teléfono.

Llené los papeles con lo que pude: datos personales, descripción del accidente, etcétera.

Ahí estaba yo, esperando noticias de una persona que acababa de conocer y ya había mandado al hospital .¿Qué debía hacer?, ¿ Llamar a sus padres?, ¿ Esperar un milagro?, ¿ Huir de ahí?.
El día había sido un tanto agotador después del accidente y sin darme cuenta… me quedé dormida.


Me despertó una voz grave pero muy amable, estaba un poco desorientada al principio pero en cuanto vi al hombre de bata blanca frente a mi, recordé todo.
– Señorita, usted espera por…- revisó las hojas que traía en la mano – ¿Alfredo?.
– Sí- contesté de inmediato- ¿él está bien?-.
– Así es, ya se encuentra fuera de peligro, le dimos un baño con agua caliente para que relajara los músculos y en el proceso perdió el pulso pero logramos reanimarlo con RCP; ahora mismo se encuentra en la sala de observación, se quedará una noche ahi para asegurarnos de que esté bien.
– ¿Puedo verlo?- Interrumpí.
– No, por ahora no. Pero yo le avisaré en cuanto esté en piso. Y no se preocupe: ya llamamos a sus padres.
– Gracias- dije mientras estrechaba la mano del médico.

Al menos ya no tendría que preocuparme por sus padres… ¡Sus padres!. Ellos llegarían en cualquier momento y pedirían explicaciones… Me aterré, no sabía que hacer y mis mecanismos de defensa me indicaron huir de ahí, él ya estaba bien y sus padres llegarían pronto. Yo ya no era necesaria en esa escena.


Al salir del hospital recordé que debía recoger el recibo de la óptica para poder pasar por mis lentes; fui por él a  a recepción y me alejé del hospital.

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– ¿Te encuentras bien? – dijo alguien.
– ¿Chico? ¿Cuál es tu nombre? – dijo alguien más.


Abrí los ojos. me encontraba acostado en una cama. No puedo decir que muy confortable pero ahí estaba… ahí…

¿Dónde?


– Sí, está bien – dijo un señor de bata blanca y salió de ahí.
La señorita que lo acompañaba permaneció y me preguntó de nuevo.
– Chico, ¿podrías decirme tu nombre? -.
– Bdbbdbddbbd – respondí.
Rápidamente, se acercó a mi y puso una luz en mis pupilas, abrió mi mandíbula y observó.
– Repite –
– aaaaabdbdaaaaaaaaa – dije.
Anotó algo en una tabla y movió mi cabeza.
– De nuevo, tu nombre –
– aeeeooooooo – intenté.
Algo me decía que: o la señorita no sabía español, o que en realidad yo estaba haciendo algo mal. ¿Qué no entendía? ¡Ya le había dicho mi nombre!.

Un zumbido sonó, y el señor de bata blanca regresó.
– Doctor, el chico no logra articular palabra – dijo ella.
– ¿eeeeuueaeooeee? – pregunté muy preocupado.
– Necesita descanzar, está canalizando mal las instrucciones vocales… duérmanlo con dósis de 1 hora. Si para cuando despierte no habla, entonces es serio. – dijo el doctor y salió de ahí nuevamente.
En un susurro, la señorita me dijo muy preocupada:
– Yo no creo que necesites dormir, me quedaré contigo esta hora para ayudarte –

La siguiente hora transcurrió de una forma cambiante. Al principio me desesperé, pues no lograba entender las dificultades para comunicarnos. Al final cedí en la creencia de que yo estaba haciendo algo mal y me esforzé por seguir las instrucciones de ella. He de reconocer que era una señorita muy paciente, nunca se rindió y seguramente pasó más de una hora cuando logró que yo dijera algo que sonó coherente.


– Libro –

La sonrisa que ví en su cara valió el esfuerzo.
Llamaron a la puerta y entró el doctor.
– ¿Despertaste ya?, ¿cómo te sientes? –
– Libro, lentes – contesté.
– ¿Ve? le dije que necesitaba dormir. Ahorita estará un poco confundido, pero descanzando más podrá hilar palabras extras.
Escuché que la señorita en voz casi inaudíble decía algo que sonó a “pedante incompetente”.
Volvió a salir el doctor… que para este momento me parecía tan inútil como yo hablando hace una hora.
– ¿Recuerdas qué sucedió? – me preguntó la señorita.
– Hola, duele… er… cabeza – dije con mucha dificultad.

Algunos minutos más, la señorita intentó con juegos de palabras. No diré que ya hablaba como debería, pero me resultaba más fácil encontrar palabras.


Para entonces, mi cerebro ya unía piezas… yo estaba en un hospital, en una habitación, un doctor y una enfermera estaban al tanto de mí… pero… ¿Por qué?.


Mis pensamientos se vieron cortados por alguien que abrió la puerta.

– ¡Guooooooooooooo! – dijo mi sobrino.
Atrás de él entró mi hermana.
– Disculpe, no puede haber niños en esta sala – dijo la gentil enfermera.
– Lo siento, pronto nos iremos – dijo mi hermana.
– ¿Te dispararon? – preguntó mi sobrino.
– Hola – dije yo.
– ¿Te salió sangre? – preguntó mi sobrino.
– ¿Cómo estás? – dijo mi hermana.
– ¿Casi te mueres? – preguntó mi sobrino.
– Van a marearlo con tantas preguntas – dijo la enfermera.
– ¿Quién se quedó el dinero? – preguntó mi sobrino.

– Alto, déjalo en paz.- dijo mi hermana silenciando a su hijo y después me preguntó – ¿Qué sucedió? –
– No lo sé. – respondí… quizá para todas las preguntas.

– El reporte dice que estuviste en un accidente de automóviles – añadió mi hermana.
– ¿Yo? – pregunté.
– En realidad, es posible que alguien le hubiese pasado encima, quizá una persona pesada, o una bicicleta como mucho… no sufrió daños graves, mañana mismo podrá salir por su propio pie – respondió la enfermera.

– ¿Por qué, no…? – intenté preguntar, pero no supe qué palabra era la correcta.
– ¿Por qué no vino abuelita? Es que me dejó pasar a mi primero y ahorita viene – se adelantó mi sobrino.
– Yo… biblioteca… lentes… ¿accidente? – dije.

– ¿Qué sucede? – preguntó mi madre, que justo entraba por la puerta.
– Parece que el impacto le está causando problemas para recordar ciertas palabras, eventualmente conversando con él recuperará el habla totalmente, no tienen porque preocuparse – dijo la señorita.
Mi padre y cuñado se asomaron, saludaron y salieron con mi sobrino. Pude leer los labios de mi padre preguntándome “¿Estás bien?”. Asentí, aunque no estaba del todo seguro.

Las siguientes horas transcurrieron tranquilamente. La enfermera nos explicó que solamente dos personas podían entrar en la hora de visita, y que una podía quedarse conmigo en la noche. Aunque mi hermana insistió por quedarse y platicar conmigo, mi madre ganó el derecho. Se sentó a mi lado y en cuanto no hubo nadie más con nosotros, comenzó a acariciar mi cabeza y a entonar canciones de cuna hasta que me quedé dormido.

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No sabía exactamente ¿en qué lugar estaba?, después de todo lo que había pasado me encontraba aun más desorientada; caminaba sin rumbo y con mi mente divagando. A mi lado pasó un pequeño corriendo y tirando del brazo de su madre “Vamos mami ¡quiero verlo!” fueron las palabras que alcancé a entender, “Sí, yo también quiero verlo” dije para mi… No estaba segura si hablabamos de la misma persona (era casi imposible) pero no me importó.


Llegué a un sitio de taxis, aborde el próximo a salir y di las indicaciones necesarias para llegar a mi casa, acto seguido recargué mi cabeza en el asiento  y me dediqué a ver las nubes pasar.
Reconocí la calle, me incorporé y pagué la cantidad que indicaba el taxímetro, baje del auto tan enmimismada como antes de subir a él. Busqué mis llaves y antes de siquiera intentar abrir la puerta, ésta se abrió de golpe.


Mi hermano salió corriendo.


Entré sin entender por completo la escena, hasta que mi madre se paró enfrente de mi, bloqueando el paso.
– ¿Dónde estabas?, ¿Por qué no avisaste que saldrías?- en verdad estaba muy molesta pero mi mente seguía en blanco.
– Salí a caminar un rato – dije sin pensar.
– ¿A dónde?, ¿ Con quién?, ¿Para qué? – realmete destesto los interrogatorios de mi madre, nunca solucionamos nada cuando empieza a hacer demasiadas preguntas.
Organicé mis ideas con cuidado para no provocar malos entendidos.
– Fui a devolver un libro a la biblioteca, conocí a un chico que mandó a reparar mis lentes…- esperé alguna reacción, no la hubo y continué- de camino a la óptica ocurrió un accidente, lo acompañé al hospital y en cuanto me dijeron que estaba bien vine para la casa- terminé.


Mi madre me miró, no pude saber si estaba preocupada o aun más molesta, después de unos minutos en silencio se acercó y me abrazó – No puedes dejar a alguien solo, ¿verdad?- sonreí, mi mamá entendía todo – Tuviste un día cansado, ve a tu cuarto yo te llevo la cena. –

Más tranquila subí, me recosté pensado en si realmente fue lo correcto haberme ido tan pronto del hospital; “tienes su teléfono en el recibo, llámalo mañana por la tarde” dijo una vocecita dentro de mi cabeza.

– Tienes razón- dije en voz alta.
Acto seguido me quedé dormida.

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Abrí los ojos. Me dolía la cabeza, aunque no lo suficiente para quejarme. Sobre la cama, mi madre dormitaba. Observé su rostro, tenía semblante preocupado.
– ¿Má? – intenté
Ella giró y me vió.
– Buenos días Afel, ¿cómo te sientes? –
– Mejor, gracias, creo que ya puedo hablar bien – dije sonriendo… cada que mi madre me dice así, recuerdo lo mucho que me quiere.
– Eso parece. ¿Recuerdas que sucedió ayer? – preguntó ella.
– Pues… fuí a la biblioteca como siempre… encontré unos lentes, me detuvieron un rato porque salí de ahí con un libro sin sellar… regresé a casa y me dormí. – dije muy seguro.
– Eso fue antier. – dijo mi madre con un tono que me hizo preocupar.

Me rasqué la cabeza. ¿En serio? y ¿Por qué me parecía que hubiera sido ayer?
Le pedí a mi madre que me explicara la razón. ¿De qué?: Pues de que yo estuviera en una cama de hospital, con dolor de cabeza, con un vago recuerdo de esa misma noche balbuceando sin poder hablar bien y sin saber nada de nada.
Como pudo, me explicó que al parecer yo había sido atropellado por una bicicleta, y mi cabeza se había golpeado. Tenía pérdida de memoria leve. Me había costado trabajo articular palabras la noche anterior, pero no habría repercusiones graves. Aunque todo apuntaba a que mi memoria de corto plazo tenía un “pequeño fallo” : No recordaba nada del accidente, o del día anterior.

– Necesito ir al baño – le dije a mi madre.
– Claro, te llevo – contestó ella.
Con un poco de dificultad, bajé de la cama. Mis músculos estaban aletargados, pero respondían bien. Seguramente podría estar fuera del hospital pronto. Entré al sanitario y me senté… pero no por necesidad, sino con el afán de tratar de recordar algo y llenar ese vacío que me resultaba (por alguna extraña razón) tan importante.

Forzé un poco mi memoria y lo único que conseguí fue que me doliera más la cabeza. Me dí por vencido y salí de ahí.
Del sanitario contiguo salió un doctor y me dijo:
– ¡Ah! chico, ya estás bien… vamos a darte de alta en unas horas. –
El comentario no me sorprendió, pero tampoco me produjo interés. Caminé con calma de regreso a la cama. Ahí estaba mi sobrino, jugueteando con un avioncito.
– Me dijo el doctor que te secuestraron unos cibernautas y que te descargaron un virus que roba información de tu cerebro junto con tus contraseñas y nombres de usuario – dijo él.

Lo miré inseguro… ¿debía reirme o darle un sape?. Antes de poder decidir, continuó:
– Pero no te preocupes, yo conozco un antivirus rebueno con el cual no necesitas hacer nada más y te recupera los datos de tus juegos. –
Ahí definitivamente supe que la segunda opción era perfecta, pero me abstuve y dejé la idea en mi cabeza.
Las siguientes horas transcurrieron sin mucho que contar… mis padres platicando entre ellos, mi sobrino corriendo alrededor de la cama, un poco de leche de chocolate batiéndome la cara (cortesía de un pequeño niño que “mastica” la leche y me estaba mostrando como hacerlo).
Al final, tal como me dijo el doctor, salí esa misma tarde por mi propio pie, completo.
Lo único que me faltaba era el recuerdo de un día… un día que creía importante en mi vida… y ahora no lo recordaba.

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El molesto rayo de luz que entró por la ventana fue a parar justo en mi cara despertandome de mi sueño, había sido un sueño muy agradable: Alfredo logró entrar en mi cabeza y mi subconciente jugó con las posibles escenas. Me senté en mi cama y vi en que la mesita de la izquierda había un plato con una pieza de pan de dulce y a su lado un vaso lleno de café lechero (mi favorito) pero estaba frío; supuse que mi madre llegó con “la cena” cuando yo ya estaba dormida.


Miré el reloj y marcaba las 11:59 am “Ya es tarde”, mordí el pan y bajé con el vaso de café en la mano, al llegar al comedor vi a mi mamá sentada leyendo.
– ¿Cómo atardeciste? – me dijo sonríendo.
-Bien, gracias por la cena – contesté mientras metía el vaso al horno de microondas – ¿Cómo les fue en el viaje? – terminé.
– Muy bien, ya sabes como maneja tu papá- dijo haciendo un gesto de fastidio – pero ya estamos aquí –


Era cierto que a mi mamá no le gustaba la velocidad, mientras que mi papá era gran fanático de ella, recordar eso me animó la mañana.


– Y a tí, ¿cómo te fue?. Por lo que me contaste ayer parece que tuviste una pequeña aventura. –
Vaya que había sido una aventura. Me quedé en silencio recordando el día anterior hasta que sonó la alarma del horno.
Saqué el vaso de ahí y le conté con lujo de detalles la historia a mi madre.


– Y bien, ¿Qué harás?- dijo con una mirada de complicidad que me hizo sonrojar.
– ¿Qué esperas que haga? – pregunté devolviendole la mirada.
– Pues, tienes el recibo con su teléfono ¿no? –

No hacía falta más, mi madre tenía la misma idea que yo.

Pero aun no estaba convencida de hacerlo.

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Capítulo Ocho.

~ Ilse & Alfred ~

¡Gracias por sus comentarios!

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11 pensamientos en “[UAF]Un Accidente Fortuito… [Capítulo 8]

  1. muthe dice:

    q buen capitulo!!!!
    valio la pena la espera 🙂
    tu sobrino es una maquina jajaj

  2. bonjovi94 dice:

    muy bueno laki espero q tu personaje recuerde a la chica de la biblioteca y se enamoren jajaja

  3. Mili dice:

    Aunque es más largo que los demás ¡falta más! Se queda uno picado… creo que la historia va muy bien. En este capítulo no detecté errores de dedo. Me gusta cómo está escrita. Por favor, pronto publiqen la continuación.

  4. Miwe dice:

    muy buenoooooo me encanto muchachos !!!!!!!!!!!!

  5. […] la presentación de una nueva historia: “Ágatha” junto con su capítulo I/X, el Capítulo 8 de Un Accidente Fortuito… , una entrada muy Chingona que me encantaría mostrar algún día a mis abuelos…, una […]

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