Situación de peligro, número 32-1.

Antes de iniciar, quiero mencionar que la narración está “españolizada”, es decir, narrada como si fuese nativo de España (es parte de la historia) así que no se saquen de onda. Desde ahorita los invito a no asustarse con el tamaño del cuento, realmente se va muy rápido, no les llevará ni 5 minutos.

Si les gusta, no olviden comentar. Y si les gusta mucho, compártanlo con sus amigos y conocidos 😀

Una vez dicho esto, ¡comenzamos!

Mis muy estimados coleguillas, ¡je, je, je!, el día de hoy, voy a contaros una historia de terror y de horror. Normalmente, cuando pensáis en algo horroroso, acude a vuestra mente un fantasma, mounstro y demás cosillas fantásticas. En el momento en que pensáis en terror, la realidad acude al llamado. Hoy, hoy, hoy y sólo hoy, conoceréis una historia en la cual se mezclan ambas en un solo camino. Espero que os guste la narrativa (un pelín diferente) que llevan estas letras.

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Situación de peligro, número 32-1.

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Un frío impresionante se sentía en la calle. Se hacía ya para mi, costumbre caminar  en esta fecha hacia el panteón municipal. Como sabéis, es una tradición que los 2 primeros días de Noviembre, las personas asistan a limpiar las tumbas de sus seres queridos, a compartir un rato con un café caliente y a poner flores nuevas en los sepulcros.

Lo mío, tíos, lo mío era únicamente curiosidad y costumbre como ya os mencioné. No es que yo tenga a algún familiar ahí, en realidad todos los parientes que he perdido, están en Cartagena, en mi natal España. Sin embargo, desde aquella noche en que me sucedió lo que os voy a contar, decidí venir a rendir tributo a aquellos que no tienen quien les recuerde.

¿Que cómo llegué yo a México siendo de Cartagena?, pues bien, es una larga historia que no voy a contaros hoy día, pero habéis de saber, que en cierto modo, huí de los fantasmas de mi pasado, ¡Je,je,je!, pero anda, vamos, que pierdo el hilo.

No recuerdo a ciencia cierta el número de año que corría, pero sí que era una madrugada entre el primero y el segundo de Noviembre. Yo caminaba sin cuidado por las empedradas calles del bello Tequisquiapan. Ebrio. Realmente no tenía un motivo para estarlo. Salí del laburo con algo de dinero extra encima y me dirigí al primer barecillo decente que encontré. Ahí pedí varias copas y perdí el control de mí mismo. Para cuando la plata húboseme agotado, me despedí del dependiente y caminé pueblo arriba.

Como os decía, era una noche de día de muertos entre las calles empedradas. Mi andar no era precisamente el debido para altas horas de la noche. Mi trasero era uno y mis piernas otro. Como si dos personas en una deseasen moverse a distintos caminos. Ahí se olía que algo me iba a suceder. Seguramente la mismísima parca me venía a recoger. ¡Arza!, creo que he hecho un verso. Como sea, sin desviarme de lo que  os estoy relatando; caminaba yo errantemente.

Valga la ironía, pero una carroza fúnebre venía sobre la calle y por un momento, vi mi vida pasar frente a mis ojos. No como creéis, desde luego. Nada de ver toda tu vida pasar en imágenes durante milisegundos, no, no, mis amigos, nada de eso. A lo que me refiero, es que los potentes faros de aquella gran mole iluminaron mis ojos, mostrándome que ahí debía terminar mi camino.

Empero de lo que pudierais estaros pensando en esa cabecilla vuestra que tenéis, no morí. No, no soy un alma contandoos su historia, ni mucho menos.

Quiso la suerte (o quizá la muerte) que ese no fuese mi momento. Un joven, jaló mi brazo, salvándome la vida.

Debido a mi etílico estado, mi primera reacción fue gritarle cual Quijote enardecido:

– ¡Pardiez!, ¿quién osa a jalarme con tal osadía? –

– No sé si me he encontrado al rey de la redundancia, o tan sólo a un ebrio más. – respondió.

Tampoco es que yo pudiese poner resistencia, así que me dejé llevar por el completo desconocido. Cerré los ojos un instante. Para cuando me di cuenta, me había depositado sobre una fría piedra. Él, estaba sentado enfrente de mi, mirando hacia el cielo y tomando una taza de algo.

– ¿Qué llevas ahí, camarada? – le pregunté.

– Veo que has despertado. Lo que aquí traigo es un buen café para animar el alma en esta noche de todos los santos. –

– Ya, ya, conozco vuestras tradiciones. Coméis, bebéis, hacéis ofrendas y os las engullís días después. Bonita cosa, ¿eh? –

– Sí, sí, eso hacen muchos por aquí. Algunos otros, nos limitamos a venir a saludar a los que ya no están con nosotros. –

Fue en ese momento, cuando reparé que estábamos encima de un par de lápidas en el cementerio.

No sé si fue por mi aún alterado estado, o porque el desconocido me pareció confortablemente confiable, pero no me asusté ni quejé. En silencio, me tendió una taza de café caliente y un cobertor. Muy agradecido, recibí las atenciones y traté de conectar mi mente de nuevo.

– Así que… ¿viejos amigos? – intenté retomar la plática.

– Familiares, en realidad. – respondió

– ¿Cercanos? – continué.

– Lo más que imagine usted. –

– ¿Madre y padre? –

– Esposa e hijo. – dijo él.

Lo poco que quedaba de mi borrachera se esfumó en ese momento. No podía creer, que alguien tan joven (le medí menos de 35 años al chaval) pudiese haber perdido a una esposa, mucho menos a un retoño.

– Lo lamento, chaval, en verdad, lo lamento. –

– Más lo lamento yo, pero no hay mucho qué hacer. – dijo él con una sonrisa demasiado pacífica.

Decidí que no era buena idea continuar con la plática. Ofrecí mi silencio en respeto a quien acababa de salvarme la vida, en memoria a quienes para él faltaban en ese momento. Aunque el silencio duró poco, él fue quien lo rompió tras unos segundos.

– ¿Le gustaría escuchar cómo fue que sucedió? – preguntó.

– El morbo es mucho y la tentación lo es más, pero por respeto a usted preferiría no hacerlo. –

– No me falta al respeto, al contrario, me gustaría compartir una charla esta noche y no pasarla solo. –

Asentí. ¿A quién le dan pan que llore?

– Entonces, mi estimado amigo, escuche con atención, porque he de narrarle la situación de peligro, número 32-1. –

~

Hace un poco más de dos años, yo con 32, caminaba con mi esposa por las calles de la ciudad de México, comprando lo necesario para montar una bella ofrenda en honor a nuestros abuelos y demás familiares “caídos en batalla”. Era un día tranquilo, casi como cualquier otro. Las personas caminaban por la explanada del zócalo de la ciudad, despreocupados y alegres.

Nuestro pequeño hijo estaba en casa de sus abuelos, seguramente viendo alguna película con su abuela o escuchando un cuento leído por su abuelo. Éramos una familia muy feliz, nada nos faltaba.

En esos años, yo trabajaba en una empresa de seguridad. Mis labores estaban ligadas a situaciones de peligro en comunidades y locaciones urbanísticas. Día a día, recorría las calles de alguna colonia, buscando puntos de riesgo, tanto arquitectónico, como de cuestión personal. Era un gran trabajo, requería mucha astucia y me forzaba a observar cada mínimo detalle en las esquinas de donde tuviese que caminar. A veces, mi amada esposa se burlaba de mi diciendo que iba a volverme paranoico buscando peligro en todos lados. Ciertamente, tenía razón, me resultaba imposible ir por la calle sin mirar a todos lados, expectante a cualquier cosa que pudiese pasar. Era un trabajo agotante, pero muy bien remunerado. Desde luego, también tenía un par de inconvenientes…

Aún con lo bien que me iba, mi esposa también trabajaba y recibía un buen ingreso. Podía decirse, que al ritmo que íbamos, en un tiempo menor a 10 años nos convertiríamos en lo que llaman por ahí “una familia acomodada”.

El plan de esa ocasión, era montar la ofrenda e irnos de viaje al día siguiente. Había tantas cosas por hacer, que preferí dividir las tareas y decirle a mi esposa que se fuera a casa a terminar los arreglos para el viaje. Cuando se fue, una intranquilidad invadió mis sentidos, pero decidí seguir.

Continué caminando por el centro, comprando cuanta cosa venía en la lista de necesidades.

Para las 6 de la tarde, me encontraba totalmente engentado y cansado, pero satisfecho por haber cubierto todo. Curiosamente, la intranquilidad permanecía flotando en el aire. De esas veces que crees que alguien te observa, pero entre tanta gente es imposible descubrir quién. 

Subí al metro y avancé por las saturadas estaciones. Me tomé la libertad de estudiar meticulosamente a cuanta persona iba a bordo del mismo vagón que yo. El recorrido de 11 estaciones en la misma dirección, me permitió darme cuenta de varias cosas: Una pareja que iba peleando, una señora mayor con sus 4 nietos, un joven de aproximadamente 15 años con una mona de solvente y algunos detalles más. Aparentemente nada extraño, pero la sensación seguía ahí.

Caminé del metro a casa. Una gran sonrisa me invadió cuando vi a mi pequeño mostrarme que había hecho un muñequito de cartón con sus abuelos. Aún puedo recordar sus palabras “¡Mira papi, ya no necesito juguetes, puedo hacerlos yo!” Lo cargué, abracé y entré a casa, donde esperaba la mujer de mi vida.

La besé y ella me abrazó. “Muchos y todos los años de mi vida a tu lado”, me dijo.

El resto de la tarde y de la noche transcurrió agradablemente. Llegaron a casa sus padres, los míos y los hermanos de ambos. Montamos una ofrenda digna de un premio. Cenamos juntos todos y compartimos una cálida charla, de esas que sólo se dan una vez cada año. 

Casi al amanecer, se fueron todos. Guardé un par de maletas restantes en el automóvil y llevé a mi pequeñín al asiento trasero. Verlo dormir tan pacíficamente me recordó que quería ver la salida del sol en la carretera, así que me apuré para salir pronto.

¿Quién iba a decir, que yo, siempre tan precavido con cuestiones de seguridad, habría de omitir la gran importancia de no manejar cansado?

No llovía. No iba a alta velocidad. Sin embargo, el cansancio impidió que mis reflejos reaccionaran lo suficientemente rápido para esquivar a aquel automóvil que se acercaba a gran velocidad. La rampa de emergencia estaba tan lejos y el libramiento era apenas una franja de nada. El volante giró, y nosotros con él. Ambos carros volaron.

Del otro vehículo sobrevivió una persona, alcancé a escuchar mientras me llevaban dentro de una bolsa en una ambulancia. 

Lloré tristemente al saber fallecida a mi esposa y a mi pequeño hijo. Pero ahí, inmóvil y frío, tampoco podía hacer algo por ellos.

Triste.  Muy triste. Y ese, ese fue, el mayor error de mi vida.

Situación de peligro, la peor en el año, a mis 32 años de edad, la primera y última de mi vida… 32-1. Situación… de muerte.

~

Por un momento, sentí que yo también estaba inmóvil y frío. El aire corría y la historia de mi compañero era bastante aterradora. Breve, pero aterradora.

– Gracias por escucharme, amigo. Para terminar, quisiera apuntar que, estas dos bellas tumbas que usted puede apreciar aquí, son las de mi mujer y mi pequeño niño. –

Sorprendido, me levanté lo más rápido que pude. ¡Vaya falta de respeto la mía!, había estado sentado sobre el yacimiento de su difunta esposa.

– Lo… lo… ¡lo lamento! – le dije

– No te preocupes, he sido yo quien te ha depositado ahí hace unas horas, cuando llegamos. –

– Ya… por cierto, me has salvado la vida, ¡muchísimas gracias, te debo una! –

– No hay de qué. –

– Oye, y sobre eso, ¿hay algo que pueda hacer por ti? – pregunté.

– No en realidad, gracias. Aunque, si así lo deseas y no te causa problemas, podrías venir cada año a acompañarme esta noche al lado de mi familia. Sé que es mucho pedir, pero compartir un café el próximo año me alegraría la vida. –

Reflexioné un momento. Era definitivamente la petición más extraña que jamás alguien me había hecho. Asentí. Me pareció que el pago de venir una noche al año a cambio de haberme salvado la vida, era nada para alguien que había perdido lo más importante de la suya.

– Sí, vendré el próximo año, tenlo por seguro, y al que sigue también. –

– Me alegro, me alegro mucho. –

El amanecer podía leerse en el horizonte. El café se había acabado y las personas que aún quedaban en el panteón estaban dormitando o preparándose para regresar a casa. Mi acompañante, estiró sus piernas y me miró por unos momentos.

– Ha llegado la hora –

– ¿De qué? – pregunté

– De regresar con Mictecacíchuatl –

– Disculpa mi ignorancia, pero, ¿quién es ella? –

– La reina de Mictlán. He de volver a su lado. Mi noche ha terminado. –

– Vale – dije sin entender una pizca de lo que acababa de decir.

Se levantó, me tendió la mano y sonrió mientras se colocaba un sombrero que no supe de dónde salió.

– Hasta el próximo año, amigo. – dijo

– Nos vemos, chaval – respondí.

Dio media vuelta y caminó en dirección a la zona interior del panteón.

Tardé en reaccionar y darme cuenta que dejó la manta que me había prestado en la noche, así como el termo del cual habíamos servido el café.

Levanté las cosas y caminé hacia la calle nuevamente. Salí con el tumulto de personas que habían rendido homenaje a sus muertos. Fue cuando reparé en una última cosa.

– Disculpe, señorita… – pregunté a una mujer que salía cargada de un anafre.

– ¿Sí?, dígame –

– Por mera curiosidad, ¿sabrá usted decirme qué es “Mictesalígüal”? –

– ¿Se refiere a Mictecacíchuatl? – preguntó

– Sí, sí, eso mismo – asentí avergonzado

– No es un qué, sino un quién. Y ella, Mictecacíchuatl, la esposa de Mictlantecuhtli. –

– Ya… claro, había escuchado algo de eso, pero, sigo sin comprender. ¿Qué es Mictlán? – pregunté – ¿quiénes son ellos?

– Mictlán, la tierra de los muertos, el último nivel al norte. Y ellos, ellos son los reyes de ahí. – dijo

– Gracias, mil gracias – respondí.

No supe cómo salí de ahí. No supe cómo llegué a casa. Lo único que tengo claro es que en ese momento, un frío impresionante atrapó mi ser. Ahí aprendí lo que en verdad era el miedo.

Sin embargo, no fallé a mi promesa.

Regresé el año siguiente, llevé café para dos, mi laúd.

Limpié la tumba y encontré que no solo estaba ahí su mujer e hijo… también él.

Me di cuenta que la ración de café iba a ser totalmente mía, así que me acomodé en donde pude y comencé a rasgar las cuerdas del instrumento.

Aquella fue una noche larga en la que, por obvias razones, mi amigo no llegó. Sin embargo, os juro que escuché su voz cantar conmigo en algún momento.

Hoy, como venía diciéndoos, voy de camino para allá. Quién sabe, quién sabe qué podría ocurrir en esta, la noche de los Santos Difuntos.

~

Dedicado a mis queridos abuelos: Herminia y Camerino. Descansen en paz, ahí donde se encuentren. Sea en el cielo, con Dios, como ustedes creyeron en vida, o en Mictlán, como creo yo. Todos de este lado los extrañamos mucho, pero no lastimosamente, sino con el hermoso recuerdo de su gran ejemplo, con todas las enseñanzas que nos dejaron y el cariño que fomentaron en todos nosotros. Sus hijos, hijas y nietos. Gracias por todo, eternamente y hasta el fin de los tiempos. Los quiere, su nieto Alfredo.

~

Dedicado también a Miriam Roca. Especialmente, porque le prometí esta historia hace un año y por falta de tiempo no la pude terminar. Debido al tinte de la historia, sólo podía ser publicada en estas fechas, así que la guardé en el baúl del tiempo para desempolvarla el día de hoy.

~

~ Alfred ~

~

(Si te gustó, comenta. Si te gustó mucho ¡Comparte!)

(Si no te gustó, también comenta, hazme saber por qué no te gustó, si encontraste errores.

La crítica me ayuda a mejorar como escritor. ¡Gracias!)

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54 pensamientos en “Situación de peligro, número 32-1.

  1. eritia dice:

    Me gusta, es como esas historias de terror que nos contaban de niños, así me sabe ésta. Un día deberíamos contarnos las historias que nos narraron a nosotros cuando niños.

    • Alfred dice:

      A mi cuando era niño no me contaban historias de terror. Mis primos alguna vez lo intentaron, pero tenían tan poca imaginación, que terminaban platicando el último capítulo de Saint Seiya.
      Habrá que reunirse junto a una fogata, sí.

      Gracias por leer y comentar 🙂

  2. Mauricio Hernández dice:

    Simplemente magistral.

  3. Angélica Cardona dice:

    Me gustó mucho, me hizo recordar a mi hermana mayor que le encantan este tipo de historias, y más que suelen contarse en pueblos como el mio. Eso lo extraño de mi familia en estos días. También me gusta creer en la tierra de los muertos, y espero ver a mi hermana cuando llegue el día.

  4. Karla dice:

    Gracias por compartir tus letras. Muy buena historia. :))
    Me gusta mucho leerte. Nunca dejes de escribir. 😉

  5. Ilse dice:

    Me gusta mucho, por alguna extraña razón a tus personajes les gusta estar cerca de los autos para casi ser atropellados 😀
    Me impresiona el uso de los regionalismos españoles ¿quién te ayudó?
    ¡Felicidades! Es sin duda alguna una de mis favoritas ahora 😉

    • Alfred dice:

      Es una manera sencilla de estar cerca de la muerte, en un panorama actual.
      Nadie me ayudó. La convivencia con españoles durante varios años me permite estar al tanto de ese uso de las palabras.

      Gracias por leer y comentar.

  6. Isa dice:

    worale!!!!!!
    o.o
    T.T
    ta genial

  7. Vickyta dice:

    wow!! tu historia me causó escalofríos… excelente!!

  8. Me encantó. Me recordó a las historias que me contaba mi abuela, seguramente esto no es una casualidad. Tu historia es un recordatorio -para mi- de que en las letras, ella siempre seguirá viviendo.

  9. Saira dice:

    Estupeda historia…..

  10. Sandra Villalba dice:

    Muy bueno, gracias.

  11. Norberto Jiménez dice:

    “¿quién osa a jalarme con tal osadía?”

    Jajaja genial el personaje, sacó el laúd y vi a Kvothe. No sé si por el dino manejes tan bien el castellano jaja pero una maravilla eso también.

    Muchas gracias por compartirlo. Definitivamente una bella historia.

    • Alfred dice:

      ¡Sí!
      La parte del laúd era justamente por el buen Kvothe.
      No, lo del “castellano” no es por los Dinos. Antes de empezar en ese juego tenía ya más de 5 años de convivir con españoles a diario 🙂

      A ti, gracias por leer y comentar.

      Plus, gracias por publicitarlo en tu muro.

      😀

  12. Adriana dice:

    pero que bonita alfredo
    muchas gracias

  13. LuLo PR dice:

    Me encantó la atmósfera que creo la escritura castellana del narrador principal (que por cierto, muy bien cuidada) y el hecho de que, éste, contara el relato de un segundo narrador. La historia ni se diga, siempre me mantuvo al borde del sillón jajajaja y hasta escalofríos me dieron y eso no pasa muy seguido que digamos… en cuanto escribas algo más mándamelo, me gustó mucho.

    • Alfred dice:

      😀

      Muchísimas gracias por leer, por comentar y sobre todo: Por las correcciones que me hiciste durante la lectura del texto. Había bastantes cosas que no noté hasta que tú las mencionaste ¡GRACIAS!

      😀

  14. Vero dice:

    Me gustó mucho Alfred, siempre tienes una gran imaginación para tus relatos

  15. Mili dice:

    Buena historia, es ingeniosa y guarda el misterio para el final. Me gusta como vas manejando la narración para no “vender” desde el principio la sustancia que da origen a la visita anual del protagonista al panteón. Interesante, breve y clara. ¡Felicidades!

  16. Vero T dice:

    Hola! Me gustó mucho la narración del suceso, la del otro chaval jaja… triste, pero me gusta el drama en los cuentos o_O xD… e igual, me agradaron los regionalismos 🙂 igual e ilógica, pero pues es la época, y para eso se escribe 😀

  17. Caros dice:

    Me gustó! Excepto que me pareció muy obvio cuando dijo lo de regresar con Mictecacíchuatl, me gustan mis historias más ambiguas, mucho menos explicativas porque me hacen sentir boba. Pero en general bonito =)

  18. Luan Guerri dice:

    Bonita, en verdad bonita. Tal vez por el escenario de un bonito panteón y nuestras lindas tradiciones.

  19. Auri (angie) dice:

    laúd! :33 Me gustó mucho

  20. snake.y2j dice:

    me gustó n_n

    (una imagen que representa lo mucho que me agradó)

  21. Angie Santillana dice:

    Soy fan (: es una gran, gran historia.

  22. Nancy Rivas dice:

    Me encantan los finales de ese tipo! Me gustó la manera y la creatividad con la que escribes, y el tema ni se diga. Gracias por la invitación!

  23. xail dice:

    Tus cuentos siempre me motivan. Te felicito mucho por este, es excelente. A mi me gusto mucho. ¿Y recuerdas el mensaje que una vez te envié en el que te preguntaba sobre cuando escribirías un cuento como el de una niñita? Y me dijiste que no sabías de que cuento hablaba y que no tenias ya mucho tiempo de escribir. Creo que este cuento de Situación en peligro fue un buen regalo para mi.

    • Alfred dice:

      Jeje, y sigo sin acordarme de qué cuento hablas ¿cuál niñita? 😄

      Y sí, en efecto, no he tenido mucho tiempo para escribir ya. Sin embargo, pude escaparme un poco de la realidad 🙂

      Gracias por leer y comentar 😉

  24. limón dice:

    wow, impresionante. te felicito por esa redacción que tienes (a decir verdad te envidio), deberías de escribir un libro. .)

  25. Me gusto mucho el cuento Alfred!! Tu dedicatoria me hizo llorar, tú sabes que hace poco tiempo enterre al hormbre que por 8 años fue mi papá y en su cruz escribimos: “La grandeza del hombre se mide por la huella que deja en sus seres amados”. Lo lamento, pero estoy muy frágil en este tema.

    • Alfred dice:

      Gracias Perlita.
      Siento haber tocado las fibras sensibles, no era mi intención. Estoy al tanto de tu situación.
      Qué bueno que te gustó el cuento.

      Gracias por leer y comentar.

  26. Miriam Roca dice:

    Bueno, desde mi punto de vista castellano, te has defendido muy bien, aunque te vi la pluma en algún momento jijiji
    He de decir que han habido momentos en los que al leer ciertas expresiones he llegado a llorar de emoción.
    Ha sido todo un placer leer mi nombre, mi maravillosa ciudad…
    Y ese laúd…… Kvothe….
    Gracias. Mil gracias.

    PD: Espero desesperadamente que mi comentario no haya resultado nada redundante esta vez.

    • Alfred dice:

      He ahí una nueva expresión para mi repertorio “te vi la pluma en algún momento”.

      Tardé un año en publicarla, pero ahí está.
      Lo único que he querido era tu comentario y has tardado, aún cuando la leíste varias horas antes de que fuese publicada… pero valió la pena al final, aquí estás.

      De nada, Pandora.

  27. […] no había más después de eso. Les envié la historia que pudieron leer a principios de noviembre (Situación de peligro 32-1) pero no fue posible publicarla debido a la longitud del texto (más del triple de cuartillas […]

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