Y caminé con ella.

Aún no anochecía. El sol se asomaba por encima del horizonte y llenaba de luz el panorama.

Ahí estaba yo, de pie e inquieto. En ese momento no podía identificar el sentimiento que recorría mi sentir, ni el porqué me encontraba así. Miré mi reloj, faltaban 10 minutos para el inicio del evento. Ella aún estaba lejos. ¿Llegaría a tiempo?

Hice memoria, ciertamente, nunca me había fallado en tiempos, aún cuando previamente avisase que iba tarde, siempre había logrado llegar puntual, incluso antes.

Eso me gustaba de ella, no era como las demás.

Siempre había sido sincera, siempre había respetado nuestros tratos, nunca había fallado a su palabra.

Si justo en ese momento me hubiesen preguntado la razón por la cual gustaba de su compañía, no habría sido capaz de responder… aún no lo había asimilado. No del todo.

La pantalla de mi teléfono móvil parpadeó. Un mensaje suyo “Llegué, ¿dónde estás?” me arrebató una sonrisa. “En las escaleras”, respondí.

– ¿Qué te pasa? – preguntó mi madre.

– ¿eh? – respondí

– Nada, es que de un momento a otro cambió tu semblante. Sonreíste. – dijo ella

– Oh, nada. – atendí, creyendo sentir que me sonrojaba.

– Nos adelantamos, te vemos dentro –

– Sí –

Ahí seguía, de pie y expectante. ¿A qué?, no lo sé.

Hace bastante tiempo de eso. Largo trecho desde entonces.

Muchas cosas han cambiado. La mayoría para bien. No sé si alguna para mal.

Sin embargo, hoy día, ese recuerdo permanece intacto en mi memoria.

De cómo la vi caminar con decisión. Llevaba unos tacones preciosos, un vestido digno de observar…

Caminaba con esa forma que sólo una mujer con mucha confianza tiene. Con decisión. Con orgullo. Reí cuando noté que estaba más alta que yo. Malditos y preciosos tacones. Me hacen falta las palabras para expresar todo lo que cruzó por mi mente, pero recuerdo que muchas cosas hermosas sucedieron esa noche. Su compañía, sus miradas, su sonrisa y la música de Queen. Pero lo que me dejó marcado entonces y aún me hace sonrojar, lo más significativo de la velada, fue el momento en que me tomó del brazo, caminó a mi lado y recargó su cabeza sobre mi hombro.

Inolvidable.

Fantástico.

En ese instante, mi vida cambió totalmente.

Aquel fuego que yo mismo había decidido extinguir. Esa llama que querría no haber vuelto a encender… quizá, sólo quizá.

Ardió. Hermosa y espontáneamente. Ardió de nuevo. Con un color distinto y una intensidad superior.

Ahí, justo ahí, supe que comenzaría una nueva historia.

Quisiera que este mismo recuerdo, fuese el último que pudiese ver un instante antes de morir. Moriría feliz, satisfecho. Completo.

A veces me pregunto: ¿por qué la extraño tanto cuando no está?

Y cuando la veo, la respuesta llega sola. Porque no la veo sonreír. Si su sonrisa no está conmigo, no estoy completo.

¿Hace cuánto tiempo que vi esa sonrisa por primera vez? ¿cuándo fue que esa sonrisa dejó de ser su sonrisa, para convertirse en una sonrisa para mi?

Tengo las respuestas, pero las guardo para mi, porque creo que ese día, fue cuando descubrí que empezaba a enamorarme de ti, aún cuando había decidido no hacerlo. Y es que el amor, no te da a elegir, llega, se planta y ahí se queda, hasta que alguna fuerza contraria lo retira.

Desde entonces, ahí sigue. Y tú has alimentado ese ardiente fuego cada día.

No dejemos que se extinga.

Desde antes, durante y hasta ahora: Te quiero.

~ Alfred ~

~

~

~

Dedicado a mi Luna roja.

Sabemos que tu memoria y la mía no “funcionan” igual. En caso de que hayas olvidado esta noche, espero que estas breves palabras te refresquen un poco los recuerdos. He de confesarte que ese día, en lo que esperaba a que llegaras, decidí que lo que había entre nosotros era algo fantástico, y que aún con que te admiraba, estimaba y me gustabas mucho, tras las largas y meditadas charlas que teníamos eventualmente, la decisión más sensata era continuar como hasta entonces, sin involucrar sentimientos más fuertes. 

Creí que estaba seguro de aquella decisión, hasta el momento en que subiste esa escalera de aquella manera. ¡Tan sonriente tú! ¡tan linda! Me temblaron las piernas tan sólo de verte. Por si no fuera suficiente, me hiciste reír mucho, disfrutamos juntos varias piezas musicales y compartimos una cena. Pero tuviste la osadía de tomarme del brazo y caminar a mi lado. Ahí perdí. Ahí terminaste de gustarme. Supe entonces que no podía cumplir con el pensamiento que había tenido horas antes. Me gustaste para ser mía.

No sabía cómo, pero algún día ibas a ser para mí. Quizá aún no era el momento adecuado, ni sabía la manera en que lo lograría. Pero lo haría.

Desde aquella vez escribí esto, pero no había hallado el momento adecuado para decírtelo. Creo que hoy es un buen momento.

Aunque pasó bastante tiempo para unirnos, jamás olvidaré esa ocasión: Gracias por aquella noche.

 

Tuyo: Alfred.

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