Maverick ’76

Sentado en la barra de aquella vieja cantina, Ricardo escuchaba aquellas canciones que tantos recuerdos le traían. Una marca de su infancia, juventud y adolescencia. Esas guitarras que lo habían acompañado a través de toda su vida, en buenas y malas.

Sostenía una botella casi vacía de un licor dulce. Las pocas gotas que aún quedaban en ella, podían ser lágrimas que habían escapado de los ojos de Ricardo, minutos atrás. Vino a su mente una vieja sonrisa, un recuerdo enterrado en los años. Un rostro que se había jurado no pensar nuevamente desde medio siglo atrás.

La edad no le pesaba. Seguía enamorado de la vida, seguía disfrutando la compañía de sus libros, el sonido del motor de aquel viejo Maverick ’76 que había reensamblado tan sólo porque su padre había tenido uno, y su abuelo otro.  

Se relajaba tanto con sus paseos por el parque, mirando a la juventud pasar, tan llenos de energía y tan sobrados de tiempo. A él también le sobraba el tiempo, sólo que no de la misma manera. Se sentía completo. Había hecho cuanto había querido, y tenía cuanto había buscado. Podía decirse que estaba en paz con la vida y que en cualquier momento que la Gran Señora decidiera venir por él, estaría listo. 

Aún así, sobre aquella barra, Ricardo se sintió nostálgico por un momento. Esa lejana juventud en la que conquistó los ojos que tanto le gustaban de la bella Irene. Todos los kilómetros caminados juntos, tomados de la mano, compartiendo la vida como uno solo, juntos. Los lugares que conocieron, todas las playas en las que se broncearon, los bosques explorados, y las ruinas contempladas. Aquel viaje a las cascadas de Chuveje, aquel acueducto abandonado, aquellas noches de trova en las peñas. Todo había sido tan bello, hasta que tuvo que terminar. Él no esperaba la muerte, aunque sabía que cuando fuera su turno, la recibiría feliz, porque por fin podría ver de nuevo a su amada Irene.

Por ahora, y mientras ese momento no llegaba, se encargaría de cumplir todos esos sueños y deseos que habían forjado juntos. No dejaría un solo pendiente y tomaría mil fotos, para llevárselas a ella y decirle “ese lugar es tan bello como lo imaginaste”.

Se levantó, pago su botella y midió sus sentidos. Estaba lo suficientemente bien para retomar el camino. Subió a su Maverick ’76 y escuchó ese potente rugido que tanto lo vigorizaba. Encendió los faros y avanzó hasta donde el corazón le decía que Irene habría querido ir esa noche.

A la mitad del camino, la encontró.

Y viajaron juntos nuevamente.

~ Alfred ~

 

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6 pensamientos en “Maverick ’76

  1. Ilse dice:

    Sin duda alguna no se me habría ocurrido esa continuación, me agradó.
    No dejes de escribir 😀

    • Alfred dice:

      Muchas gracias. Estaba escribiendo una idea, y esa pasó por mi cabeza. Me pareció mejor y le di seguimiento 🙂

      No dejaré de escribir… al menos no por los próximos 2 días 😛

  2. Edward dice:

    Cuando leí la linea final, sólo pude pensar:

    “Spirits rise through the air
    All their fears disappear, it all becomes clear”.

    Muy bonita entrada. :’)

  3. Eritia dice:

    ¡”Hasta que la muerte los separe” y un carajo! Eso es amor. Cuando lo escuché por primera vez tuve cierto sentimiento que no supe que fue, hoy descubro que era un nudito en la garganta y las ganas de decir que tu cuento está para concurso.

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