En la casa de las sombras.

 

Nadie.

Esa era la única palabra que podía describir la ausencia que se sentía en el ambiente.

En cuanto crucé la puerta, la obscuridad y vacío me recibieron. Un puñetazo de amargura y soledad me golpeó de frente.

El lugar estaba totalmente vacío y se podía percibir en el pesado aire que hacía mucho tiempo que ningún alma había cruzado esa puerta. Quizá muchas personas habían estado ahí, pero sólo trozos de carne, porque las almas se quedaban en el umbral.

Me acompañaba el recuerdo del último llano que había visto derramar sobre sus suaves mejillas, proveniente de tan bellos ojos. Sus rosados labios me pedían que no la dejara ir, que la acompañara hasta el infinito. Pero yo, agobiado por mis ataduras, amarrado por mis cadenas, lo único que pude hacer fue compartirle un abrazo y las más dulces palabras que mi corazón pudo soltar sin quebrarse para unirme en el llanto con ella. La añoranza de seguirla hasta donde fuera… el deseo de desgarrarme los brazos aunque perdiera la muñeca y parte de las manos, con tal de arrancarme esas cadenas que me atan al punto donde siempre debo estar, aunque no quiero.

No podía avanzar mucho, no podía desplazarme más allá de un par de habitaciones. Si bien las cadenas eran largas, al final terminaban haciéndome regresar al punto de partida. La lucha para roer las cadenas era interminable, eterna. Aunque se lograba ver el avance, aún había algo que no me permitía terminar de destruirlas. Seguía ahí.

Algunas noches me preguntaba si esas ataduras las había puesto yo mismo en algún momento, o si desde siempre estuvieron ahí y perdí el recuerdo con el tiempo.

La luz me llamaba una y otra vez para acudir a su lado, a sus cálidos rayos, a dejarme abrazar día y noche por su larga cabellera, a poder calentar mis helados pies con el fulgor de sus mejillas sonrojadas. Pero la obscuridad volvía a jalarme, para no dejarme ir.

Por eso la bauticé como “La Casa de las Sombras”. Habíamos muchos, pero nadie sabía quien era el otro en realidad. Ninguno tenía alma, ninguno tenía corazón, ninguno se interesaba en el otro. Sólo había lamentos, llanto, amargura, tristeza y egoísmo. Estoy seguro que alguna vez vi a uno de ellos libre, paseándose por las demás habitaciones reforzando las ataduras del resto, en lugar de liberarlos ¿sería acaso un verdugo que no nos permite salir jamás? ¿estará al tanto de que he perdido ya la mitad de la dentadura mordiendo las cadenas? ¿vendrá un día a por mi y hará que nada de mi esfuerzo haya valido la pena?

 

No lo sé. Y el mundo se está moviendo.

Parece que voy a desmayarme de nuevo, volveré a ser una sombra más, tumbada sobre el suelo.

~ Alfred ~

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