Galaxia.

El conjunto de estrellas que se asomaban tímidas sobre sus mejillas me hacían ruborizar.

Apenas se notaban, como las pequeñas luces por la noche, superadas por el par de soles que tenía en lugar de ojos, llenos de luz y calidez, con un color brillante que transmitía un torrente de emociones sin explicación aparente.
Más abajo se encontraban sus labios, rojos como marte, resaltando sobre su piel color de luna.
La noche misma se encontraba en su cabello, tan apacible y negro como te puedas imaginar, tan misterioso y bello como el cosmos, tan infinito como el universo.
Toda ella era una galaxia, con mil caminos por recorrer y estrellas por descubrir, con tantos planetas por habitar y constelaciones para admirar.
Y lo único que faltaba, era un valiente tripulante, listo para abordar la nave de sus sueños, preparado para viajar en esa hermosa galaxia y descubrir cada punto posible, para hacer suyas las estrellas y mirarlas una y otra vez, para poder escribir cada día en su bitácora de viaje “siempre encuentro una estrella más brillante que la anterior, todas son hermosas…”
Buen camino, viajero espacial. Que la luz guíe tu aventura y que encuentres eso que buscas en las estrellas.

 

~ Alfred ~

A la luz de las estrellas.

 

Fresca y agradable. Así pintaba la noche en la ciudad. El obscuro cielo ocultaba tras sus nubes las escasas estrellas que aún podían apreciarse.

La luna, brillante como pocas noches, iluminaba las solitarias calles. Sin importar si se trataba de la ciudad, o de un pintoresco pueblo, la misma luz de la luna se filtraba por todos los rincones posibles.

– ¿Puedes verla?  – preguntó ella

– ¿Qué cosa? – respondió él, un poco distraído.

– La luna… ¿cómo es? –

– Es… – dudó un poco, cualquier adjetivo le parecía ridículo para describir la luz que lo tenía embobado – maravillosa.

– No sé lo que eso significa.

Por la cabeza de él pasaron muchas ideas, la más sencilla se reducía a decirle que abriera los ojos y lo mirara ella misma, cosa que era imposible. A veces la primera respuesta que pasaba por su cabeza no era la más adecuada… meditó un instante y pensó que el momento no se prestaba para ese tipo de respuestas, podría parecer ofensivamente grosero.

– Dime ¿qué es lo más bonito que puedes recordar? – preguntó él.

– Hace años, antes de ser arrastrada hasta aquí, un desconocido me vio con piedad, se arrodilló frente a mi, tomó mi mano y sólo una palabra salió de sus labios: “Fe”. No pude verle más, al siguiente momento tenía los ojos vendados y me llevaban a no sé dónde. Pero ese momento, es lo que más atesoro. Me recuerda que llegará el momento en el que por fin estaré bien… estaré libre.

– Es increíble la forma en que puedes recordar todo eso. Nunca voy a olvidar la primera vez que lo narraste para mi. Tantos detalles, colores, luz, y de repente… nada. Yo no lo habría soportado.

Tomó su mano y la atrajo hacia su pecho.

– ¿Sientes eso? es el latir de mi corazón. Estoy seguro que con un poco de paciencia, podrías medir mi ritmo cardiaco en estos momentos.

– Ese latir es hermoso, o ¿puedo decir maravilloso? – dijo acomodándose en el pecho de él, para poder escuchar mejor – puede que mis ojos no puedan saber lo que es la luz ahora, pero sé que tú eres todo luz ante mi obscuridad.

– Estoy seguro que dices esas bellas palabras para hacerme sonrojar. Gracias. – respondió él, en efecto, sonrojado.

 

Los dos, abrazados, permanecieron por largos minutos a la luz de la luna, sin importar que el viento soplase en derredor de ellos.

 

– Entonces, si tu momento más atesorado es ese, lo más bonito que puedas recordar, me parece que la única forma en que puedo describir la luna de esta noche es como “luz”. La luz que volverás a ver, la más brillante, la más blanca, la más intensa. Y aún con esa intensidad, es una hermosa luz que no lastima los ojos, que te permite apreciarla. Es, como si hubiera algo más, como si la misma luna quisiera que sólo la viésemos a ella, pero, a la vez, con su luz nos mostrase las demás cosas, para recordar que están ahí, para poder compararlas con ella y darnos cuenta de que es… casi lo más hermoso que podemos ver esta noche.

– ¿Casi…? – preguntó ella.

– Sí.

– ¿Qué supera a la luna esta noche?

– La sonrisa que se asoma en tus labios.

– ¿Me estás mirando en lugar de ver a la luna?

 

 

El silencio decía más que las palabras. Pero no era necesaria ya una respuesta, porque ella podía sentir que él se sonrojaba de nuevo, y que la miraba con ternura. Porque sin importar que ella estuviera ciega, desde el día en que se habían conocido, él era sus ojos y siempre hallaba las palabras más bellas para describirle las maravillas que había en el mundo. Porque en silencio, se decían cuánto se querían. Porque estaban juntos, hasta el día en que las estrellas dejaran de brillar, mientras pudieran permanecer uno con el otro, a la luz de las estrellas.

 

~ Alfred ~

 

 

 

Sonata.

 

Instrumental. Así ha sido la música que me ha acompañado en este trayecto.

Nada de bailes, nada para cantar. Una suave melodía, un aterciopelado conjunto de sonidos que deleitan cada uno de mis sentidos.

Cada centímetro de mi piel, cada punto en el sistema nervioso que conecta mi cuerpo con mis pensamientos, cada lugar en mi… todo en conjunto: yo. Yo y sólo yo, sintiendo a cada palpitación de mi corazón, respirando el ambiente y dejándome llevar por el aire.

Al igual que en el siglo XVIII, primero un tiempo rápido, después un tiempo lento y para finalizar, nuevamente velocidad. Un violín energizante, un piano soberbio, el cello deleitante y la flauta apasionada. ¿Puedes escucharlos?, ¿Acaso percibes la misma música que yo?

Puedo ver el verde de las plantas, puedo ver el café de los troncos, puedo ver muchos colores a mi lado, pero ninguno es tan intenso como el de la luz que se cuela entre las nubes. Imágenes, dibujos y figuras formadas por mi imaginación y plasmadas en el cielo. Cada mente es un mundo y cada mundo tiene un dueño. Este es mi mundo, este es mi sueño, porque yo he decidido soñarlo y también vivirlo.

Un atardecer a tu lado, estando sin ti. Es tan agradable, tan reconfortante.

¿Qué tanto puede importar? No más que la importancia que yo mismo le de, pues para nadie más existirá esa idea.

Es sólo una sonata en mi cabeza, mía y de nadie más.

Es esperar a que el Sol termine su recorrido, ver nacer de nuevo a la Luna y poderme enamorar de ella.

¡Ahí está! emergiendo tan bella, tan orgullosa de sí misma… como cada noche.

Dulce Luna, fiel compañera, ¿cuántas noches has estado para mi? todas y cada una de ellas. A tu lado, cada estrella me sonríe, me invitan a pedirles un deseo.

Recuérdome aceptando esas invitaciones, pidiéndoles deseos, y quedándome con ellos.

Pídole a la Luna que se lleve mi dolor, y que a cambio, con tus brazos me llene de calor.

Eres tú mi luz de Luna.

Eres tú, y sólo tú, la Sonata del claro de luz de Luna que suena en mi corazón. 

 

 

~ Alfred ~

Quizá.

Quizá, quizá, se me ocurre pedirte que me beses. Al lado de aquella barda, sobre aquella montaña de pasto recién cortado, bajo el manto de la noche. Mientras las estrellas bailan al compás de tu mirada, girando lentamente, con los zapatos de la Luna, con el vestido nocturno, y con las luces de la vía láctea.

Siguiendo el compás de tus labios, dirigiéndome al ritmo de los latidos sobre tu pecho, mientras tu rostro es bañado por la luz de la Luna.

Levanta tu mano, ábrela y toca la mía, guíame al baile que sólo tú conoces, hazme conocer un ritmo nuevo, mientras la pista centellea con la luz de las luciérnagas.

Llena mi corazón del plateado de la luna, y del calor de tus labios, que son una misma cosa, tan sólo quizá, si accedes a esta pequeña ilusión, que es para mi, un beso tuyo.

~ Alfred ~

Y dile al viento…

¡Hola!

El día de hoy voy a compartir con ustedes un pequeño cuentito que publiqué a través de 5 tweets.

Espero que les guste. 🙂

(¡Gracias por leer y comentar!)

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Las nubes, felices de tener a la Luna entre ellas, llovieron de gusto. Y ahí me quedé, pensándote bajo la lluvia.

Le pregunté al viento si podía soplar un pequeño mensaje hasta ti. Asintió gustoso con una ráfaga que sacudió los árboles.

Tomé en mis manos una pequeña hoja y le dije en voz bajita lo que quiero que escuches. Después dejé que se la llevara el viento.

Así que, si en estos días ves al aire sacudir los árboles, recoge sus hojas y pregúntales si tienen algo para ti.

Tarde o temprano, el susurro del viento te dirá cuánto te quiero.

~ Alfred ~

Mi Sol.

Hoy me acordé de ti.
Llevaba todo el día tumbado en la cama, deprimido por la sencillez de mi vida, sin pensar que todo lo que tengo o no, es cosa mía. Miraba el techo sin muchas ganas. No quería ver tele, no quería leer, ni siquiera quería comer.
Hacía tanto frío en la habitación que el único remedio posible para que el tiempo avanzara era taparme con las cobijas y despertar al día siguiente. Ni siquiera sabía si aún era de día o ya había anochecido.

Me asomé por la ventana y tuve que cerrar los ojos por un instante. Ahí estaba el Sol. Majestuoso y enorme, redondo y cálido.
Ahí fue cuando me acordé de ti.

El Sol se veía lindo, pero más lindo siempre ha sido verte sonreír cuando la luz toca tus labios. Siempre he preferido la calidez de tus brazos que los rayos del astro Rey. ¿Qué tanto podría pensar en ti mientras miraba el Sol?
Tu deliciosa piel morena, tus brillantes cabellos, esa radiante sonrisa que escondes al cerrar la boca. Toda tú.

Aquellas veces que soñé caminar a tu lado, tomados de la mano mientras el Sol nos acompañaba, esperando la llegada de su hermana Luna. Las breves estadías junto a ti, y el aliento de tu voz diciéndome cosas bellas.

Por más que la Luna y el Sol se asomen cada día, nunca me gustarán tanto como tú.

Y hoy, estoy aquí, desperdiciando mi tiempo, pudiendo buscarte, pudiendo intercambiar un sencillo “hola” que transmitirá un destello de energía entre nosotros.
Quizá, lo único que me faltaba, era mirar un poco el Sol, para recordar cuánta falta me haces. Porque tú eres mi Sol.

~ Alfred ~

3W

Intento una y otra vez escribir aquellas líneas surrealistas que me flotaron en la cabeza por mucho tiempo, pero resulta imposible. Durante un par de años escuché las voces de Miró, Magritte, Dalí, Kush y de Remedios Varo aconsejarme al oído. Todos coincidían en que debía hacer cosas locas, intentar algo extraordinario, hacer posible lo imposible. Diario.

Darle nuevos giros a la vida, encontrar caminos inesperados debajo de la tierra, zurcar los cielos (con z, porque era algo diZtinto) con las alas de la imaginación, navegar por el ancho mar sin la necesidad de un barco.  Ser yo, sin ser yo. Ser distinto, diferente, alguien más que vive en mi.

Las posibilidades eran muchas, tan finitas como yo quisiera y tan eternas como yo dejase. No había más límites que yo mismo.

Tierras de un color desconocido, corazones naranjas y el universo en sus ojos. El sol brillante, las nubes soñadoras y mi Luna roja.

Esa Luna con la que nunca soñé, pero que llegó a mi en el momento necesario, aquella que me hace recordar hoy día esas hermosas canciones de amor y tristeza. La misma Luna que le dio luz a mi vida, apagándola después.  “Ya no estás más a mi lado, corazón. En el alma sólo tengo soledad.”

Esos colores, esas sensaciones, ese mundo diferente, alterado a nuestro gusto, tan alejado de la realidad… tan… surreal, como decidimos bautizarlo. Era nuestro, único, incopiable. Sólo tuyo, sólo mío. Nuestro.

Un pequeño y hermoso mundo que inició una noche de luna menguante, que simulaba una luna llena debido a su rojizo color.

De ahí tu nombre, de ahí el color de tus ojos, de ahí porqué siempre fuiste para mi, Mi Luna Roja.

Parecía que el el universo mismo deseaba unirnos, alineando todas las coincidencias posibles, eliminando todas las diferencias y juntándonos en el mismo instante. En el segundo correcto, con las intenciones adecuadas.

Sólo hizo falta un breve acercamiento para finalizar aquello que el cariño había iniciado. Para sellar un contrato sentimental que no iniciaba, pero que se fortalecería con el tiempo.

Tan sólo… un beso.

Pequeño y hermoso beso que daría inicio a la más hermosa historia de amor que jamás tuvo vida alguna. Un par de personas amándose en silencio, deseando cada día poder estar el uno con el otro, compartiendo cada minuto posible de sus vidas. Compartiendo sus más íntimos secretos y sus más profundos miedos.

Huyendo para siempre de la realidad, escapando a su propio mundo, creando un nuevo significado para la palabra “querer”.

Dejando atrás a sus viejos guardianes, exiliándolos eternamente en el mundo de las sombras, por el cual vinieron.

Ahí iniciaba todo. Un nuevo comienzo para una vida continua.

No hacía falta que los demás entendieran qué estaba sucediendo. Mientras el surrealismo continuara, todo sería perfecto. “Honey you are the sea, upon wich I float”

Iniciaba la historia de Ojos verdes y Luna roja.

La música era bella, los colores brillaban como nunca antes, las cosas sabían mejor.

Todo era perfecto.

Me detuve un instante para respirar y darme cuenta de dónde estaba parado… o mejor dicho, tirado.

El sabor a arena inundaba mi boca. No sé por cuánto tiempo estuve recostado en la intemperie, azotado por la tormenta de los finos granos dorados.

La atmósfera se sentía distinta, fría, solitaria, enorme. El vacío que me rodeaba era inmenso. No había otra cosa que no fuera yo. No más voces, no más colores, no había música para compartir.

Sentía la mano derecha ligera, vacía, como si de ella hubiese estado prendida otra mano y en este momento la extrañara. En la muñeca tenía el pequeño y útil reloj que siempre cargo conmigo. Aquel que mide el tiempo en días tras el paso de las horas. Por un momento creí que estaba enloqueciendo. El último recuerdo de haber mirado el reloj databa de hace dos años. ¿Cómo había pasado tanto tiempo sin inmutarme?

Tenía los labios secos y los ojos enrojecidos.

En mi mano izquierda reposaba un papiro que emulaba un mapa. Todo en él era borroso e ilegible, excepto por una pequeña inscripción que rezaba: “← 3W ~ 3 Weeks, 3 West, 3 Words”

¿Era acaso una instrucción?

El vago recuerdo de estar olvidando algo importante atormentaba mi cabeza, como si de un momento a otro hubiese abandonado un hermoso sueño. La sensación de terminar de tajo una película, o una bella canción. ¿Por qué las cosas tienen que terminar? ¿por qué decidimos  que terminen?

Observé hacia arriba. Un enorme sol iluminaba todo el entorno. Para donde quiera que pusiera la mirada, había arena. Un interminable desierto sin prometedoras esperanzas.

Varado en la nada.

Concentré mis pensamientos, intentando recordar cómo había llegado ahí y a dónde iba. Lo único que logré fue alucinar un pasado improbable. Atrás de mi había un hermoso mundo imposible, por encima de lo real. Al frente, la realidad.

No podía quedarme ahí todo el tiempo, tragando arena y dejando que el sol consumiera mi carne. Por la posición en que se proyectaba mi sombra deduje la ubicación de los puntos cardinales y di el primer paso.

Posiblemente y debido al cansancio mental que me agobiaba, sentí como si ese “pequeño” paso hubiera sido algo más. Como si el área de mi pie avanzara en tiempo, y no en distancia. El reloj marcaba una semana adicional a la última vez que lo consulté. Simplemente no era posible.

La misma sensación me invadió con el segundo paso. Otra semana en el reloj y la sensación de dejar algo atrás.

Después de caminar tres pasos hacia el Oeste, me di cuenta que la realidad estaba más cerca. Y yo no quería llegar a ella.

Si el tiempo no me estaba engañando, llevaba ya 3 semanas caminando en la soledad de la nada. Sin rumbo.

“3W” Tres semanas, tres pasos al oeste. Algo sin sentido estaba cobrándome el destino. Si las coincidencias iban a seguir, faltaban las tres palabras.

Cerré los ojos para lubricarlos y reducir el ardor que me estaba picando. Traté de despejar mi mente sin mucho éxito. Ahí estaba la claridad, pero no podía alcanzarla.

La luz iluminó de nuevo mis pupilas. La realidad seguía avanzando hacia mi aunque yo no quisiera moverme.

Un pequeño trozo de papel floto hacia mí, lo cogí al vuelo; “También Te Quiero”, decía.

Entonces recordé todo.

Supe en ese instante que me encontraba en una prisión mental, en mi propia cabeza. Amarrado por mis sentimientos y pensamientos. Queriéndome aferrar a un mundo perfecto tejido entre dos. Entre ella y yo. Libre en un mundo donde la felicidad lo era todo, donde no había límites, donde nosotros creábamos nuestra propia vida.

Pero no podía aferrarme a ese mundo, porque ya no existía más. El pequeño mundo surrealista había terminado para nosotros y cada quién había vuelto a la realidad.

Y ahora, estoy en el limbo, nadando en un mar de lágrimas ficticias, que están sólo en mi cabeza, mismas que ahogan mis penas y me hacen remojarme en la tristeza.

Ella se ha ido y no volverá. No veré más a mi Luna Roja con los Ojos Verdes que a ella tanto le gustaban.

Pero está todo en mi mente. Todo es creación mía.

Quizá al despertar, este habrá sido un sueño más. Un hermoso sueño que olvidaré cuando salga el sol.

O quizá no, quizá cuando despierte, ella aún esté ahí.

O tal vez, todo esto sea verdad.

La realidad.

El fin del mundo surrealista como sólo nosotros lo conocimos.

También Aún Te Quiero.

~ Alfred ~