Un poquito de valor.

Desde la primera vez que la vio supo que le gustaba.

Ella tenía una sonrisa de esas que quieres mirar todo el tiempo, porque también te hacen sonreír y sentir que todo vale la pena. El cabello le caía sobre los hombros, formando una cascada que invitaba a perderse en ella. Los ojos eran un par de perlas brillantes y… a ojos de él, era perfecta.

 

Cada día añoraba que llegara la noche, para continuar soñando las mil maneras de decirle cuánto le gustaba, de invitarla a salir, de caminar tomados de la mano y poder compartir una espumosa malteada. Quizá hasta de ir por un helado y comerlo juntos mientras el sol lo derretía sobre sus manos.

Tal vez podrían ir al cine y ver películas de miedo… recordó aquella canción de su infancia ♫ voy a contarte cuentos de misterio para que al temblar te abraces a mi ♫ y se imaginó tan valiente, protegiéndola del terrible mounstro de la pantalla que quería robar las palomitas mágicas de mantequilla.

 

Incluso podría mostrarle su colección de dibujos, o los libros que su abuela le había dado la navidad pasada… ¡tantas cosas que podían compartir juntos! y es que él tenía todo un mundo para mostrarle.

 

Tan sólo le faltaba algo: un poquito de valor para algún día decirle “hola”. Porque a los 10 años, lo que menos se tiene, es valor para hablarle a la niña que te gusta.

 

~ Alfred ~

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[CDM] Capítulo 6: Cabeza de calabaza.

[Prólogo]
[Capítulo 1]
[Capítulo 2]
[Capítulo 3]
[Capítulo 4]
[Capítulo 5]

 

Capítulo 6: Cabeza de calabaza.
Esta historia me la contó una dama llamada Gloria Fuddpron, en uno de mis viajes a tierras orientales. Yo no hablaba nada de japonés, pero resultó ser una dama de la corte inglesa y logramos entendernos mientras el licor corría por la barra. Sin embargo lo que ella buscaba no era un affaire, sino el olvido. Me pareció interesante escuchar una historia nueva en aquellos lares, así que acepté gustoso su invitación por un trago a cambio de escucharla.
Mi hijo nació enfermo, y su mundo estaba limitado a su cama. 
Cuando nació, mi esposo lloró y dijo “gracias” mientras me besaba una y otra vez. Desde entonces, nuestra familia ha sido feliz. Mi esposo trabajaba hasta los huesos para pagar el tratamiento médico de nuestro retoño, y el tiempo avanzó…
​La cantidad de tiempo que le quedaba, estaba secretamente tallada en su pequeño corazón. Juré que jamás estaría solo, aún cuando no pudiera salir de casa, aún cuando no pudiera hacer amigos. Te leeré tus libros favoritos, comerás los platillos más ricos, porque siempre estaré a tu lado, amándote más que nada. Por favor perdóname por no ser capaz de darle vida a un niño saludable… me pregunto qué tan duro fue el viaje que tomaste a través de mi vientre… gracias por elegirme, gracias por hacernos padre y madre, honestamente. Tu padre y yo unimos nuestras vidas de tal manera que tú fueses la cúspide de nuestro amor, pequeño tesoro, gran felicidad.
Contrario a los pronósticos médicos, mi pequeño pudo levantarse y tomar fuerzas poco a poco conforme crecía. Planté muchas flores de sus colores favoritos sobre el jardín, para que pudiera apreciar la belleza de las mismas, como apreciaba yo la belleza de mi niño.
Mi esposo encontró un nuevo trabajo y nos mudamos a un pueblo en las montañas. Nuestra situación mejoró. Entonces, mi hijo hizo su primer amigo, una despreocupada niña de nombre Dalia.
– Hey, tú, jamás he visto una cara como la tuya antes – dijo la niña al pasar por afuera de la reja de casa.
– ¿Uhhh…? – intentó responder mi pequeño Abraham.
– ¡Es impresionante! tu cabeza parece una calabaza, eso es divertido.
– ¡Já! – 
– Soy Dalia, un gusto en conocerte, niño cabeza de calabaza.
– Ohh, hola.
Cabeza de calabaza es un apodo extraño, incluso grosero, pero mi hijo lo tomó con bastante gracia. 
– ¡Dalia es tan genial! – 
– ¿Ah sí? no me agrada que vayan por ahí poniéndote apodos extraños…
– Pero ¡es divertido, mamá! ella me agrada.
La atracción es una cosa extraña, lo que para algunos puede ser insignificante, para otros es el mundo. Recordé cuando mi esposo me pidió que nos uniésemos en matrimonio.
Ni siquiera soy brillante, no soy hábil con las palabras… y tampoco soy de buen ver, pero juro que te amaré más que nadie, como nunca alguien lo ha hecho, como jamas nadie podrá… espera ¿qué iba a decir? ¡Ah, sí! Gloria, por favor, cásate conmigo.
Obviamente, mi respuesta fue “sí”.
Mi hijo y su nueva amiga eran felices. Parecía que su estado de salud mejoraba, y de ella aprendía muchas cosas que yo había sido incapaz de enseñarle estando únicamente en casa. Incluso nos aventuramos a unos pequeños paseos por la calle. Todo era algo maravilloso.
– Mamá, dice Dalia que siempre quiso tener un hermano y por eso empezó a hablarme cuando pasó por afuera del jardín. Y me platicó que en la noche de día de muertos sale a pedir dulces con más niños… ¿puedo ir?
Pensé mucho lo que mi hijo acababa de pedirme. Sonaba tan emocionado cada vez que retomaba el tema, que me partía el corazón decirle que no. 
– Hey, Dalia, ¿de qué te estás disfrazando?
– ¿Yo? ¡Seré un hombre lobo! porque todo hombre grita por libertad, como un lobo hambriento ¡Awoooooooooo!
– Tú no puedes ser un hombre lobo, porque eres una niña.
– Pues tú tampoco puedes, porque tu cabeza es demasiado grande, tendrías que disfrazarte de calabaza.
– Hey, es grande porque tengo el cerebro más grande que jamás ha visto la tierra.
– ¿Eso es cierto? entonces cúbreme con tu sabiduría, profesor.
– Jajajajajaja
Tras mucha insistencia, accedí a que mi hijo saliera a pedir dulces con su amiga. 
¿Fue acaso su primer día de muertos tan divertido, que aún lo recuerda…? – me preguntó la dama. Por un momento no me di cuenta que era una pregunta dirigida a mi, y no parte de la historia.
– Pues… no.
Mi pequeño era feliz, se divirtió mucho, y se alborotó tanto, que hubo un shock en su corazón. Tuvimos que llevarlo de emergencia al hospital. Cuando el doctor me dijo cuánto tiempo le quedaba, el mundo se volvió negro para mis ojos.
Estaba débil, pero como esperabas tanto que llegara día de muertos te dejé ir…
Nuestro pequeñín sonreía al dormir. Su respiración era calmada. Espero cuando despiertes preguntarte si conseguiste muchos dulces, decirte que cepilles tus dientes, para que no tengas caries…
Dalia entró a la habitación del hospital. Inclinó su cabeza, saludándome en silencio mientras somnolienta, intentaba mantener los ojos abiertos. 
Abraham abrió los ojos y se levantó, sonriendo, salió por la puerta, tomado de la mano de Dalia.
Todo sucedió en un instante. Quise levantarme y detenerlos. Un escalofrío recorrió mi espalda al ver que Abraham seguía ahí. O al menos su cuerpo.
La confusión se apoderó de mi durante mucho tiempo. En especial el día que visitaba la tumba de mi hijo y descubrí que la pequeña Dalia también estaba ahí… con el diminuto detalle de que su fecha de partida databa de 50 años atrás.
Creo que mi pequeño está aún ahí afuera, en algún lado, teniendo un día de muertos que jamás termina, sonriendo y pidiendo dulces con Dalia. 
Si ves a un pequeño con cabeza de calabaza en día de muertos, tal vez sea mi Abraham.
– Increíble… –
– Este es el fin de mi historia, y no me interesa si crees que es real, o no.  – añadió ella.
Una sensación indescriptible recorrió mi cuerpo. Cerré los ojos por un segundo, para asimilar lo que acababa de escuchar. Para cuando los abrí, la dama se había ido.
Ni siquiera me molesté en asustarme o siquiera preguntarme si la dama había sido real, o sólo un fantasma queriendo compartir su historia. Tal vez, y sólo tal vez, era suficiente licor por esta noche.
Dejé unas tintineantes monedas sobre la barra y salí de ahí lo más pronto que pude.

 

~ Alfred ~