Extrañando un sueño.

No importa la distancia, no importa el tiempo, sólo los pensamientos de uno hacia el otro, los buenos deseos y la agradable compañía aún a través de miles de kilómetros.

Tú allá, y yo acá. Yo del otro lado del mundo y tú aquí.

Sin importar las palabras, sin importar los comentarios desagradables de las personas. ¿Nunca te han dicho que el amor de lejos no es amor, sino una tontería?, ¡bah! ¿qué creen ellos que es el amor? Si el amor fuese únicamente tener una pareja, si el amor no abarcara también a los amigos, a los hermanos, a los hijos… si tan sólo se limitase… a algo.

¿Qué saben ellos? si no sienten lo que sentimos cada vez que nos separamos, quedando en silencio, queriendo detener el tiempo.

Pero es imposible detenerlo, si acaso ambos tuviéramos el control de todo lo que nos separa, todo sería perfecto.

Pero sólo nos queda el consuelo de saber que de nuevo estaremos juntos… al menos, hasta que termine la noche y vuelva a la realidad, donde tú no existes.

 

~ Alfred  ~


			

El mar de Isela.

Cada noche volvía al mar, a bordo de su pequeño y frágil bote. Navegaba sobre fuertes olas que pretendían volcar su navío, hacerla perderse para jamás volver, hundiéndola sin posible retorno.

El mar de lágrimas nocturnas la hacía recordar, evocar a la nostalgia y empaparse de momentos que jamás volverían; se sentía rota, atorada en un círculo vicioso de emociones, sin poder respirar, ahogándose en pensamientos locos llenos de ausencia. Un mar de vacío, desbordándose por sus ojos, dejándolos vacíos, sin ganas de volver a abrirse en cuanto sale el sol…  pero es justamente en ese momento, cuando el pequeño y frágil bote arriba al puerto, que está lleno de luz.

La luz más brillante que ha visto jamás, una luz radiante de alegría, una luz llamada “hijo”. La sonrisa de su más grande logro es el puerto en el que puede anclar cada mañana

Esa brillante y cálida luz que proviene de la sonrisa de su hijo, es el puerto en el que puede anclar cada mañana, para cerrar todas las heridas y no dejar que avancen más. Él, con sus suaves manitas acariciará las mejillas de mamá, y le dirá ¡buenos días! mientras besa sus ojos, haciendo que cualquier rastro de la noche desaparezca, para convertir a mamá en un gran buque de guerra, listo para enfrentar a toda la flota marina del mundo.

Es ahí, cuando ella brinca de la cama, impulsada por su motivo de vida, acariciándole el cabello y sonriéndole, mientras observa en sus ojos el resplandor del amanecer, llenos de vida, de la vida que ella debe recuperar, para jamás navegar de nuevo en el mar de lágrimas.

 

~ Alfred ~

 

 

 

 

 

Bardo.

¿Por qué no cantas más tus canciones, Bardo?

¿Por qué no se te ve más rondando por la fuente de la plaza, con una historia nueva que contar?

¿Dónde se ha quedado tu sonrisa, y el brillo de tus dientes al hablar?

¿Qué ha sido de ti, cuál fue el destino de todas esas bellas baladas que cantabas a las damas cuando salían a pasear?

¿Dónde quedaron todos esos pequeños regalitos que dejabas sobre las ventanas de las casas sobre la avenida principal cada mañana?

 

La falta de brillo en tu mirada me cuenta que se ha ido toda ilusión de tu vida. La velocidad ausente en tus manos me susurra que no tocas más tu laúd desde hace un tiempo. Tu forma de hablar, apunta a que ya no te interesa más la elocuencia y tenacidad adornando tus palabras.

 

¿Qué te ha sucedido, Bardo? ¿qué se robó el fulgor de tu vida? ¿quién robó tu corazón y secuestró tu aliento? ¿por qué te has convertido en una persona ordinaria?

¿Será acaso mal de amores? ¿tuviste una rencilla con algún gitano y te maldijo por ello? ¿acaso no pagaste al calderero algún favor que realizó por ti?

¿Qué te aqueja, Bardo?

¡Oh! si tan sólo pudiera yo saber cómo devolver la vida a tu cuerpo, si tuviera la más mínima idea de cómo hacerte radiar de nuevo, pequeño Bardo. ¡Cuán feliz podría ser, si tu alegría iluminara nuestro pueblo nuevamente!

Pero parece que soy la única persona que te extraña, Bardo. Y eso, también me llena de tristeza.

¿Cuál será tu destino? ¿qué será de los viejos cantares? ¿quién transmitirá los cuentos a las siguientes generaciones?

Ah, desdicha…

Humano común que caminas entre tus iguales, realizando tareas que no deseas hacer, a cambio de un mendrugo de pan y un techo donde dormir. Triste alma, que dejaste la música por una herramienta, y la tinta a cambio de una tela para secarte el sudor…

 

Adiós, Bardo. Gracias por todo mientras fuiste Bardo.

 

~ Alfred ~

En la casa de las sombras.

 

Nadie.

Esa era la única palabra que podía describir la ausencia que se sentía en el ambiente.

En cuanto crucé la puerta, la obscuridad y vacío me recibieron. Un puñetazo de amargura y soledad me golpeó de frente.

El lugar estaba totalmente vacío y se podía percibir en el pesado aire que hacía mucho tiempo que ningún alma había cruzado esa puerta. Quizá muchas personas habían estado ahí, pero sólo trozos de carne, porque las almas se quedaban en el umbral.

Me acompañaba el recuerdo del último llano que había visto derramar sobre sus suaves mejillas, proveniente de tan bellos ojos. Sus rosados labios me pedían que no la dejara ir, que la acompañara hasta el infinito. Pero yo, agobiado por mis ataduras, amarrado por mis cadenas, lo único que pude hacer fue compartirle un abrazo y las más dulces palabras que mi corazón pudo soltar sin quebrarse para unirme en el llanto con ella. La añoranza de seguirla hasta donde fuera… el deseo de desgarrarme los brazos aunque perdiera la muñeca y parte de las manos, con tal de arrancarme esas cadenas que me atan al punto donde siempre debo estar, aunque no quiero.

No podía avanzar mucho, no podía desplazarme más allá de un par de habitaciones. Si bien las cadenas eran largas, al final terminaban haciéndome regresar al punto de partida. La lucha para roer las cadenas era interminable, eterna. Aunque se lograba ver el avance, aún había algo que no me permitía terminar de destruirlas. Seguía ahí.

Algunas noches me preguntaba si esas ataduras las había puesto yo mismo en algún momento, o si desde siempre estuvieron ahí y perdí el recuerdo con el tiempo.

La luz me llamaba una y otra vez para acudir a su lado, a sus cálidos rayos, a dejarme abrazar día y noche por su larga cabellera, a poder calentar mis helados pies con el fulgor de sus mejillas sonrojadas. Pero la obscuridad volvía a jalarme, para no dejarme ir.

Por eso la bauticé como “La Casa de las Sombras”. Habíamos muchos, pero nadie sabía quien era el otro en realidad. Ninguno tenía alma, ninguno tenía corazón, ninguno se interesaba en el otro. Sólo había lamentos, llanto, amargura, tristeza y egoísmo. Estoy seguro que alguna vez vi a uno de ellos libre, paseándose por las demás habitaciones reforzando las ataduras del resto, en lugar de liberarlos ¿sería acaso un verdugo que no nos permite salir jamás? ¿estará al tanto de que he perdido ya la mitad de la dentadura mordiendo las cadenas? ¿vendrá un día a por mi y hará que nada de mi esfuerzo haya valido la pena?

 

No lo sé. Y el mundo se está moviendo.

Parece que voy a desmayarme de nuevo, volveré a ser una sombra más, tumbada sobre el suelo.

~ Alfred ~

Iniciar otra vez.

El problema no es ser ignorado, si no ver cómo uno va siendo reemplazado poco a poco.

Pero uno mismo se lo busca, uno traza su propio camino. Actos y consecuencias, uno tras otro.

La noche se antojaba para todo, menos para estar escondido en el rincón de una obscura habitación.

Afuera, la luna brillaba de una forma espectacular, pero sin poder alumbrar aquel obscuro rincón de su alma…

Obscuridad. ¡Qué bella palabra! Ajustaba perfectamente a esa sensación, a ese vacío, a aquello que lo perseguía desde varias noches atrás.

Sin embargo, aún con ese sentir, tenía él la seguridad de que todo era su culpa. De que estaba siendo desplazado lentamente.

Ya no le importaba pasar días enteros alejado de todos, lo que movía su sentir, era ver que nadie reparaba en su ausencia.

Afuera, los vecinos compartían la luz de las estrellas, en conjunto de una agradable charla. Como amigos que habían sido siempre.

Él, escuchaba la conversación, llenándose de rabia al no saberse parte de ella. Nadie lo extrañaba. No hacía falta ahí.

Había algo en el aire. Algo diferente. Si de alguna forma pudiese explicarse, diría que tenía olor. Olía a eso que lo perseguía. Obscuridad.

Quizá todo era un mal sueño, una vaga idea de aquella necesidad por sentirse querido. Aquella necesidad de ser alguien para alguien más.

Tanto tiempo lejos de todo, una percepción distinta. Un cuento alterado y una historia sin final aparente.

– ¿Qué motivos tiene la gente para ser quien son?, ¿Acaso existe alguien sin una razón para ser? – se preguntó…

La respuesta flotaba en el aire. Brillante, luminosa. Perfecta. Pero él no la veía.

Él, cegado por su egoismo, por querer ser siempre el centro de todo. Él. Él. Él. No había espacio para la verdad. Para los demás.

En su afán de querer ser querido, había olvidado demostrarle a los demás que también era capaz de quererlos. Él también los quería.

Y cada noche, cada obscura noche, se encerraba en el ciclo vicioso de pensamientos. En su obscuridad, sin tratar siquiera de ver la realidad

De haberlo intentado, se habría dicho – ¿Por qué no te había visto, qué me ha cegado este tiempo?, ¿Dónde estabas, realidad? –

Y se habría dado cuenta, que la vida es hermosa, que siempre hay motivos para sonreir… Mientras queramos que así sea.

Que afuera de su mundo, hay quien lo quiere, quien aprecie su compañía y desee su afecto, aún con sus defectos y más por sus virtudes.

Se daría cuenta, que la mujer que quiere en secreto, también lo quiere, pero teme decírselo.

Notaría que puede hacer amigos, que hay que aprecie sus habilidades y quien espera que sea recíproco.

Notaría, que el mundo está esperando a que tome la decisión correcta: ser alguien en la realidad. Y no únicamente en su imaginación.

Todo es cuestión de decidirse. De querer algo, a alguien. De tener una razón para vivir. Empezando por sí mismo.

Y una vez encontrada la primera, vendrán más. Familia, amigos, metas, futuro. Incluso ambiciones mismas.

Llegar a un punto en la vida y poder decirle a alguien “Hoy soy tu realidad. Y tú eres la mía. “

~ ~ ~

~ Alfred ~

El ángel de alguien más.

El frío de la noche era tan fuerte que aún en mis sueños podía sentirlo. Los temblores que acompañaban los finos vellos de mis brazos eran producto de la brisa que se colaba entre las diminutas rendijas de la ventana, aún estando cerrada.

Mi cabeza daba muchas vueltas y el corazón me susurraba que aquel momento al que todos temen había llegado. Cada minuto que avanzaba, estaba un paso más cerca de mi destino final.

Con los ojos cerrados, percibí mi entorno. La temperatura descendía y la obscuridad me rodeaba. Me transporté al mundo de los sueños de un instante a otro.

Soñé que un ángel venía a mi lado, que consolaba todo el dolor de mi corazón con su suave y cálido aliento. Sus suaves manos acariciaban mi cabeza, removiéndome el cabello para calmar mis ideas.

Soñé que se quedaba a mi lado, para no dejarme caer en la tristeza, que no se iba, que no me dejaba solo. Sus dedos paseaban suavemente por mi espalda, liberando todo riesgo de tensión en mi, relajando mis músculos y sacando la tristeza a través de los poros de mi piel. Con sus tersas alas me abrazaba una y otra vez, dejando en mi un manto protector que me hacía sentir querido por última vez

Soñé… soñé… y soñé.

Pero al abrir los ojos, ya no era un sueño.

Aquello en vida seguía igual. Nada había cambiado, excepto por una pequeña cosa en mi cabeza. Un pensamiento. Una decisión.

 

Tras un par de parpadeos, me puse de pie. Ya no hacía frío y la obscuridad estaba disuelta totalmente.

 

Caminé hacia la ventana y vi el sol naciente. Extendí mis alas y volé hacia el horizonte.

Sonreí.

En ese momento, supe que quería ser el ángel de alguien más.

 

~ Alfred ~

3W

Intento una y otra vez escribir aquellas líneas surrealistas que me flotaron en la cabeza por mucho tiempo, pero resulta imposible. Durante un par de años escuché las voces de Miró, Magritte, Dalí, Kush y de Remedios Varo aconsejarme al oído. Todos coincidían en que debía hacer cosas locas, intentar algo extraordinario, hacer posible lo imposible. Diario.

Darle nuevos giros a la vida, encontrar caminos inesperados debajo de la tierra, zurcar los cielos (con z, porque era algo diZtinto) con las alas de la imaginación, navegar por el ancho mar sin la necesidad de un barco.  Ser yo, sin ser yo. Ser distinto, diferente, alguien más que vive en mi.

Las posibilidades eran muchas, tan finitas como yo quisiera y tan eternas como yo dejase. No había más límites que yo mismo.

Tierras de un color desconocido, corazones naranjas y el universo en sus ojos. El sol brillante, las nubes soñadoras y mi Luna roja.

Esa Luna con la que nunca soñé, pero que llegó a mi en el momento necesario, aquella que me hace recordar hoy día esas hermosas canciones de amor y tristeza. La misma Luna que le dio luz a mi vida, apagándola después.  “Ya no estás más a mi lado, corazón. En el alma sólo tengo soledad.”

Esos colores, esas sensaciones, ese mundo diferente, alterado a nuestro gusto, tan alejado de la realidad… tan… surreal, como decidimos bautizarlo. Era nuestro, único, incopiable. Sólo tuyo, sólo mío. Nuestro.

Un pequeño y hermoso mundo que inició una noche de luna menguante, que simulaba una luna llena debido a su rojizo color.

De ahí tu nombre, de ahí el color de tus ojos, de ahí porqué siempre fuiste para mi, Mi Luna Roja.

Parecía que el el universo mismo deseaba unirnos, alineando todas las coincidencias posibles, eliminando todas las diferencias y juntándonos en el mismo instante. En el segundo correcto, con las intenciones adecuadas.

Sólo hizo falta un breve acercamiento para finalizar aquello que el cariño había iniciado. Para sellar un contrato sentimental que no iniciaba, pero que se fortalecería con el tiempo.

Tan sólo… un beso.

Pequeño y hermoso beso que daría inicio a la más hermosa historia de amor que jamás tuvo vida alguna. Un par de personas amándose en silencio, deseando cada día poder estar el uno con el otro, compartiendo cada minuto posible de sus vidas. Compartiendo sus más íntimos secretos y sus más profundos miedos.

Huyendo para siempre de la realidad, escapando a su propio mundo, creando un nuevo significado para la palabra “querer”.

Dejando atrás a sus viejos guardianes, exiliándolos eternamente en el mundo de las sombras, por el cual vinieron.

Ahí iniciaba todo. Un nuevo comienzo para una vida continua.

No hacía falta que los demás entendieran qué estaba sucediendo. Mientras el surrealismo continuara, todo sería perfecto. “Honey you are the sea, upon wich I float”

Iniciaba la historia de Ojos verdes y Luna roja.

La música era bella, los colores brillaban como nunca antes, las cosas sabían mejor.

Todo era perfecto.

Me detuve un instante para respirar y darme cuenta de dónde estaba parado… o mejor dicho, tirado.

El sabor a arena inundaba mi boca. No sé por cuánto tiempo estuve recostado en la intemperie, azotado por la tormenta de los finos granos dorados.

La atmósfera se sentía distinta, fría, solitaria, enorme. El vacío que me rodeaba era inmenso. No había otra cosa que no fuera yo. No más voces, no más colores, no había música para compartir.

Sentía la mano derecha ligera, vacía, como si de ella hubiese estado prendida otra mano y en este momento la extrañara. En la muñeca tenía el pequeño y útil reloj que siempre cargo conmigo. Aquel que mide el tiempo en días tras el paso de las horas. Por un momento creí que estaba enloqueciendo. El último recuerdo de haber mirado el reloj databa de hace dos años. ¿Cómo había pasado tanto tiempo sin inmutarme?

Tenía los labios secos y los ojos enrojecidos.

En mi mano izquierda reposaba un papiro que emulaba un mapa. Todo en él era borroso e ilegible, excepto por una pequeña inscripción que rezaba: “← 3W ~ 3 Weeks, 3 West, 3 Words”

¿Era acaso una instrucción?

El vago recuerdo de estar olvidando algo importante atormentaba mi cabeza, como si de un momento a otro hubiese abandonado un hermoso sueño. La sensación de terminar de tajo una película, o una bella canción. ¿Por qué las cosas tienen que terminar? ¿por qué decidimos  que terminen?

Observé hacia arriba. Un enorme sol iluminaba todo el entorno. Para donde quiera que pusiera la mirada, había arena. Un interminable desierto sin prometedoras esperanzas.

Varado en la nada.

Concentré mis pensamientos, intentando recordar cómo había llegado ahí y a dónde iba. Lo único que logré fue alucinar un pasado improbable. Atrás de mi había un hermoso mundo imposible, por encima de lo real. Al frente, la realidad.

No podía quedarme ahí todo el tiempo, tragando arena y dejando que el sol consumiera mi carne. Por la posición en que se proyectaba mi sombra deduje la ubicación de los puntos cardinales y di el primer paso.

Posiblemente y debido al cansancio mental que me agobiaba, sentí como si ese “pequeño” paso hubiera sido algo más. Como si el área de mi pie avanzara en tiempo, y no en distancia. El reloj marcaba una semana adicional a la última vez que lo consulté. Simplemente no era posible.

La misma sensación me invadió con el segundo paso. Otra semana en el reloj y la sensación de dejar algo atrás.

Después de caminar tres pasos hacia el Oeste, me di cuenta que la realidad estaba más cerca. Y yo no quería llegar a ella.

Si el tiempo no me estaba engañando, llevaba ya 3 semanas caminando en la soledad de la nada. Sin rumbo.

“3W” Tres semanas, tres pasos al oeste. Algo sin sentido estaba cobrándome el destino. Si las coincidencias iban a seguir, faltaban las tres palabras.

Cerré los ojos para lubricarlos y reducir el ardor que me estaba picando. Traté de despejar mi mente sin mucho éxito. Ahí estaba la claridad, pero no podía alcanzarla.

La luz iluminó de nuevo mis pupilas. La realidad seguía avanzando hacia mi aunque yo no quisiera moverme.

Un pequeño trozo de papel floto hacia mí, lo cogí al vuelo; “También Te Quiero”, decía.

Entonces recordé todo.

Supe en ese instante que me encontraba en una prisión mental, en mi propia cabeza. Amarrado por mis sentimientos y pensamientos. Queriéndome aferrar a un mundo perfecto tejido entre dos. Entre ella y yo. Libre en un mundo donde la felicidad lo era todo, donde no había límites, donde nosotros creábamos nuestra propia vida.

Pero no podía aferrarme a ese mundo, porque ya no existía más. El pequeño mundo surrealista había terminado para nosotros y cada quién había vuelto a la realidad.

Y ahora, estoy en el limbo, nadando en un mar de lágrimas ficticias, que están sólo en mi cabeza, mismas que ahogan mis penas y me hacen remojarme en la tristeza.

Ella se ha ido y no volverá. No veré más a mi Luna Roja con los Ojos Verdes que a ella tanto le gustaban.

Pero está todo en mi mente. Todo es creación mía.

Quizá al despertar, este habrá sido un sueño más. Un hermoso sueño que olvidaré cuando salga el sol.

O quizá no, quizá cuando despierte, ella aún esté ahí.

O tal vez, todo esto sea verdad.

La realidad.

El fin del mundo surrealista como sólo nosotros lo conocimos.

También Aún Te Quiero.

~ Alfred ~