Galaxia.

El conjunto de estrellas que se asomaban tímidas sobre sus mejillas me hacían ruborizar.

Apenas se notaban, como las pequeñas luces por la noche, superadas por el par de soles que tenía en lugar de ojos, llenos de luz y calidez, con un color brillante que transmitía un torrente de emociones sin explicación aparente.
Más abajo se encontraban sus labios, rojos como marte, resaltando sobre su piel color de luna.
La noche misma se encontraba en su cabello, tan apacible y negro como te puedas imaginar, tan misterioso y bello como el cosmos, tan infinito como el universo.
Toda ella era una galaxia, con mil caminos por recorrer y estrellas por descubrir, con tantos planetas por habitar y constelaciones para admirar.
Y lo único que faltaba, era un valiente tripulante, listo para abordar la nave de sus sueños, preparado para viajar en esa hermosa galaxia y descubrir cada punto posible, para hacer suyas las estrellas y mirarlas una y otra vez, para poder escribir cada día en su bitácora de viaje “siempre encuentro una estrella más brillante que la anterior, todas son hermosas…”
Buen camino, viajero espacial. Que la luz guíe tu aventura y que encuentres eso que buscas en las estrellas.

 

~ Alfred ~

Afrutadito.

La palabra correcta era “afrutado”, pero por alguna razón no podía sino pensarlo en diminutivo. Afrutadito. Y es que era la única cosa que llenaba mi cabeza en ese momento. Conocía el motivo, pero no quería aceptarlo del todo.

La cotidiana hora pico del transporte público estaba en su peor punto, en lugar de personas, parecíamos animales en plena estampida, presas del frenesí por abordar el tren. Todos y cada uno de nosotros llevaba prisa para llegar a “algún lugar”, teníamos mal humor provocado por el retraso del tren, por la cantidad abrumadora de personas, por el sofocante calor humano, por ese molesto ventilador que sólo provocaba malestar en la garganta y dolor en el cuello, por el pisotón malintencionado de alguien que fingía no tener apoyo en un lugar donde absolutamente todos íbamos apoyados entre nosotros mismos…

El irreverente tren, donde abordar a cierta hora significaba llegar con anticipo de una hora al trabajo, pero hacerlo cinco minutos después significaba una impuntualidad de hora y media. Si quisiera escribir una historia de ciencia ficción, incluiría ese tren, convencido de la existencia de un agujero temporal entre sus obscuros trayectos.

Aún con todo, el abrumador tumulto presentaba ciertas ventajas, por ejemplo: si quedabas junto a la puerta de acceso y durante las siguientes estaciones no se abría, podías apoyarte en ella, sin tener que estirar tu brazo para coger alguna agarradera. También podías recargarte sobre algún otro pasajero y tomar una práctica siesta (en caso de que el otro pasajero no se inmutara de tus intenciones, o intentara golpearte por usarlo de almohada). Y con un poco de suerte, la presión y empujones de todos te ahorrarían un buen monto pagando consultas con el quiropráctico al enderezarte la espalda con un par de golpes… (que siendo sinceros, los resultados eran totalmente opuestos: el trayecto te provocaba tantos moratones y dolores como un combate a muerte con un profesional de artes marciales).
Si la suerte te sonreía, los pasajeros contiguos quedarían de espaldas a ti y no tendrías que sentir su respiración sobre tu rostro… o en el mejor de los casos, oler su fétido aliento que gritaba “acabo de despertar, no desayuné y tampoco tuve la intención de enjuagarme la boca antes de salir de casa”.

Ahí estaba, pensando exactamente lo mismo de siempre, como cada día que me subía a ese tren, buscando distraerme con mis ideas, soñando con el inexistente día que pudiera abordar sin tener que esperar varios trenes hasta poder entrar por gracia y obra de los bestiales empujones de alguien más, sin la necesidad de ir flotando con temor a caerme, sin el dolor característico en la espalda tras terminar el trayecto, sin…

Afrutadito.

¿Qué era ese olor…?

Afrutadito.

Cerré lentamente los ojos, como si quisiera guardar ese momento sólo para mí.
Salivé sin querer.

Había un “algo” dulzón invadiendo mi nariz. Y no era cualquier aroma. Olía afrutadito. La complicada manera de explicar esa sensación era justamente así: afrutadito. No quise pensar de qué se trataba, el momento era perfecto, como una estrella en el cielo más obscuro, como un cálido beso diciendo “te extraño”, como el abrazo de un viejo amigo tras años de no verse, como la voz de mamá arrullándote en la infancia, como la primera vez que tomaste de la mano a esa persona especial… olía a felicidad.
Si alguien me veía en ese instante dejó de importarme, e involuntariamente una lágrima acarició mi rostro. Tenía tanto tiempo sin sentirme de esa manera.
Abrí los ojos y descubrí a mi lado a una chica un poco más baja que yo. El tope de su cabeza daba un par de centímetros por encima de mi hombro. No podía ver su rostro, debido a que me daba la espalda, y por el tumulto de gente tampoco me era posible observar su figura. Pero no importaba, porque la fuente de aquel aroma era su cabello.
No había que pensar mucho, un cabello recién lavado con algún shampoo de aroma “frutal”. Esa era la respuesta más sencilla a aquel aroma. La cuestión en realidad era ¿qué me recordaba todo eso y por qué me hacía sentir así?

Mil imágenes cruzaron la aurora de mis pensamientos, como si una diminuta y desconocida llave abriera el cofre de mis más profundos secretos. En un instante, recorrí absolutamente todos esos gratos recuerdos, sensaciones agradables y sentimientos bellos. Ahí estaba todo.

Dejé que el olor me guiara hasta el último rincón de mí mismo, como si tuviera la respuesta a algo que no sabía que me estaba preguntando, como si buscara algo dentro de una inmensa base de datos… sin saber qué, pero consciente de que al encontrarlo, sabría qué es y por qué lo necesito.

Había ahí colores que aún no se inventan, palabras nuevas, sabores distintos, ideas descabelladas y caminos por explorar, alebrijes, criaturas fantásticas, trucos de magia, los más deliciosos y jamás probados tacos, el postre más dulce, la cobija más suave y un pantalón de mezclilla irrompible con bolsillos infinitos. Todo lo ilógico cobraba sentido. Era parte de mi, porque era yo mismo.

Una pequeña turbulencia sacudió el viaje mental, seguro que en ese momento atravesaba una nebulosa inestable en el área 19 del sector 89, justo al lado del sistema estelar de pensamientos brillantes. Tú sabes, ese pequeño gran universo que se encarga de repartir la felicidad y el júbilo. Había una caja sobre una columna, seguro que ahí se encontrab…

¿?



¿A dónde se había ido el olor?

Volví a la realidad. Abrí los ojos.

El tren estaba vacío, excepto por mi, y otra persona que dormitaba en uno de los asientos.

Me encontraba en el área de mantenimiento de trenes, lejos del área de descenso y ascenso a los andenes. Todo indicaba que me había pasado de estación… y no sólo eso, sino que al llegar a la terminal todos habían descendido y yo, dentro de mi viaje mental, me había quedado a bordo sin inmutarme del fin del recorrido.

Definitivamente hoy iba a llegar tarde al trabajo, pero esta vez no sería culpa del tren.

 

~ Alfred ~