Un poquito de valor.

Desde la primera vez que la vio supo que le gustaba.

Ella tenía una sonrisa de esas que quieres mirar todo el tiempo, porque también te hacen sonreír y sentir que todo vale la pena. El cabello le caía sobre los hombros, formando una cascada que invitaba a perderse en ella. Los ojos eran un par de perlas brillantes y… a ojos de él, era perfecta.

 

Cada día añoraba que llegara la noche, para continuar soñando las mil maneras de decirle cuánto le gustaba, de invitarla a salir, de caminar tomados de la mano y poder compartir una espumosa malteada. Quizá hasta de ir por un helado y comerlo juntos mientras el sol lo derretía sobre sus manos.

Tal vez podrían ir al cine y ver películas de miedo… recordó aquella canción de su infancia ♫ voy a contarte cuentos de misterio para que al temblar te abraces a mi ♫ y se imaginó tan valiente, protegiéndola del terrible mounstro de la pantalla que quería robar las palomitas mágicas de mantequilla.

 

Incluso podría mostrarle su colección de dibujos, o los libros que su abuela le había dado la navidad pasada… ¡tantas cosas que podían compartir juntos! y es que él tenía todo un mundo para mostrarle.

 

Tan sólo le faltaba algo: un poquito de valor para algún día decirle “hola”. Porque a los 10 años, lo que menos se tiene, es valor para hablarle a la niña que te gusta.

 

~ Alfred ~

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A la luz de las estrellas.

 

Fresca y agradable. Así pintaba la noche en la ciudad. El obscuro cielo ocultaba tras sus nubes las escasas estrellas que aún podían apreciarse.

La luna, brillante como pocas noches, iluminaba las solitarias calles. Sin importar si se trataba de la ciudad, o de un pintoresco pueblo, la misma luz de la luna se filtraba por todos los rincones posibles.

– ¿Puedes verla?  – preguntó ella

– ¿Qué cosa? – respondió él, un poco distraído.

– La luna… ¿cómo es? –

– Es… – dudó un poco, cualquier adjetivo le parecía ridículo para describir la luz que lo tenía embobado – maravillosa.

– No sé lo que eso significa.

Por la cabeza de él pasaron muchas ideas, la más sencilla se reducía a decirle que abriera los ojos y lo mirara ella misma, cosa que era imposible. A veces la primera respuesta que pasaba por su cabeza no era la más adecuada… meditó un instante y pensó que el momento no se prestaba para ese tipo de respuestas, podría parecer ofensivamente grosero.

– Dime ¿qué es lo más bonito que puedes recordar? – preguntó él.

– Hace años, antes de ser arrastrada hasta aquí, un desconocido me vio con piedad, se arrodilló frente a mi, tomó mi mano y sólo una palabra salió de sus labios: “Fe”. No pude verle más, al siguiente momento tenía los ojos vendados y me llevaban a no sé dónde. Pero ese momento, es lo que más atesoro. Me recuerda que llegará el momento en el que por fin estaré bien… estaré libre.

– Es increíble la forma en que puedes recordar todo eso. Nunca voy a olvidar la primera vez que lo narraste para mi. Tantos detalles, colores, luz, y de repente… nada. Yo no lo habría soportado.

Tomó su mano y la atrajo hacia su pecho.

– ¿Sientes eso? es el latir de mi corazón. Estoy seguro que con un poco de paciencia, podrías medir mi ritmo cardiaco en estos momentos.

– Ese latir es hermoso, o ¿puedo decir maravilloso? – dijo acomodándose en el pecho de él, para poder escuchar mejor – puede que mis ojos no puedan saber lo que es la luz ahora, pero sé que tú eres todo luz ante mi obscuridad.

– Estoy seguro que dices esas bellas palabras para hacerme sonrojar. Gracias. – respondió él, en efecto, sonrojado.

 

Los dos, abrazados, permanecieron por largos minutos a la luz de la luna, sin importar que el viento soplase en derredor de ellos.

 

– Entonces, si tu momento más atesorado es ese, lo más bonito que puedas recordar, me parece que la única forma en que puedo describir la luna de esta noche es como “luz”. La luz que volverás a ver, la más brillante, la más blanca, la más intensa. Y aún con esa intensidad, es una hermosa luz que no lastima los ojos, que te permite apreciarla. Es, como si hubiera algo más, como si la misma luna quisiera que sólo la viésemos a ella, pero, a la vez, con su luz nos mostrase las demás cosas, para recordar que están ahí, para poder compararlas con ella y darnos cuenta de que es… casi lo más hermoso que podemos ver esta noche.

– ¿Casi…? – preguntó ella.

– Sí.

– ¿Qué supera a la luna esta noche?

– La sonrisa que se asoma en tus labios.

– ¿Me estás mirando en lugar de ver a la luna?

 

 

El silencio decía más que las palabras. Pero no era necesaria ya una respuesta, porque ella podía sentir que él se sonrojaba de nuevo, y que la miraba con ternura. Porque sin importar que ella estuviera ciega, desde el día en que se habían conocido, él era sus ojos y siempre hallaba las palabras más bellas para describirle las maravillas que había en el mundo. Porque en silencio, se decían cuánto se querían. Porque estaban juntos, hasta el día en que las estrellas dejaran de brillar, mientras pudieran permanecer uno con el otro, a la luz de las estrellas.

 

~ Alfred ~

 

 

 

[CDM] Capítulo 6: Cabeza de calabaza.

[Prólogo]
[Capítulo 1]
[Capítulo 2]
[Capítulo 3]
[Capítulo 4]
[Capítulo 5]

 

Capítulo 6: Cabeza de calabaza.
Esta historia me la contó una dama llamada Gloria Fuddpron, en uno de mis viajes a tierras orientales. Yo no hablaba nada de japonés, pero resultó ser una dama de la corte inglesa y logramos entendernos mientras el licor corría por la barra. Sin embargo lo que ella buscaba no era un affaire, sino el olvido. Me pareció interesante escuchar una historia nueva en aquellos lares, así que acepté gustoso su invitación por un trago a cambio de escucharla.
Mi hijo nació enfermo, y su mundo estaba limitado a su cama. 
Cuando nació, mi esposo lloró y dijo “gracias” mientras me besaba una y otra vez. Desde entonces, nuestra familia ha sido feliz. Mi esposo trabajaba hasta los huesos para pagar el tratamiento médico de nuestro retoño, y el tiempo avanzó…
​La cantidad de tiempo que le quedaba, estaba secretamente tallada en su pequeño corazón. Juré que jamás estaría solo, aún cuando no pudiera salir de casa, aún cuando no pudiera hacer amigos. Te leeré tus libros favoritos, comerás los platillos más ricos, porque siempre estaré a tu lado, amándote más que nada. Por favor perdóname por no ser capaz de darle vida a un niño saludable… me pregunto qué tan duro fue el viaje que tomaste a través de mi vientre… gracias por elegirme, gracias por hacernos padre y madre, honestamente. Tu padre y yo unimos nuestras vidas de tal manera que tú fueses la cúspide de nuestro amor, pequeño tesoro, gran felicidad.
Contrario a los pronósticos médicos, mi pequeño pudo levantarse y tomar fuerzas poco a poco conforme crecía. Planté muchas flores de sus colores favoritos sobre el jardín, para que pudiera apreciar la belleza de las mismas, como apreciaba yo la belleza de mi niño.
Mi esposo encontró un nuevo trabajo y nos mudamos a un pueblo en las montañas. Nuestra situación mejoró. Entonces, mi hijo hizo su primer amigo, una despreocupada niña de nombre Dalia.
– Hey, tú, jamás he visto una cara como la tuya antes – dijo la niña al pasar por afuera de la reja de casa.
– ¿Uhhh…? – intentó responder mi pequeño Abraham.
– ¡Es impresionante! tu cabeza parece una calabaza, eso es divertido.
– ¡Já! – 
– Soy Dalia, un gusto en conocerte, niño cabeza de calabaza.
– Ohh, hola.
Cabeza de calabaza es un apodo extraño, incluso grosero, pero mi hijo lo tomó con bastante gracia. 
– ¡Dalia es tan genial! – 
– ¿Ah sí? no me agrada que vayan por ahí poniéndote apodos extraños…
– Pero ¡es divertido, mamá! ella me agrada.
La atracción es una cosa extraña, lo que para algunos puede ser insignificante, para otros es el mundo. Recordé cuando mi esposo me pidió que nos uniésemos en matrimonio.
Ni siquiera soy brillante, no soy hábil con las palabras… y tampoco soy de buen ver, pero juro que te amaré más que nadie, como nunca alguien lo ha hecho, como jamas nadie podrá… espera ¿qué iba a decir? ¡Ah, sí! Gloria, por favor, cásate conmigo.
Obviamente, mi respuesta fue “sí”.
Mi hijo y su nueva amiga eran felices. Parecía que su estado de salud mejoraba, y de ella aprendía muchas cosas que yo había sido incapaz de enseñarle estando únicamente en casa. Incluso nos aventuramos a unos pequeños paseos por la calle. Todo era algo maravilloso.
– Mamá, dice Dalia que siempre quiso tener un hermano y por eso empezó a hablarme cuando pasó por afuera del jardín. Y me platicó que en la noche de día de muertos sale a pedir dulces con más niños… ¿puedo ir?
Pensé mucho lo que mi hijo acababa de pedirme. Sonaba tan emocionado cada vez que retomaba el tema, que me partía el corazón decirle que no. 
– Hey, Dalia, ¿de qué te estás disfrazando?
– ¿Yo? ¡Seré un hombre lobo! porque todo hombre grita por libertad, como un lobo hambriento ¡Awoooooooooo!
– Tú no puedes ser un hombre lobo, porque eres una niña.
– Pues tú tampoco puedes, porque tu cabeza es demasiado grande, tendrías que disfrazarte de calabaza.
– Hey, es grande porque tengo el cerebro más grande que jamás ha visto la tierra.
– ¿Eso es cierto? entonces cúbreme con tu sabiduría, profesor.
– Jajajajajaja
Tras mucha insistencia, accedí a que mi hijo saliera a pedir dulces con su amiga. 
¿Fue acaso su primer día de muertos tan divertido, que aún lo recuerda…? – me preguntó la dama. Por un momento no me di cuenta que era una pregunta dirigida a mi, y no parte de la historia.
– Pues… no.
Mi pequeño era feliz, se divirtió mucho, y se alborotó tanto, que hubo un shock en su corazón. Tuvimos que llevarlo de emergencia al hospital. Cuando el doctor me dijo cuánto tiempo le quedaba, el mundo se volvió negro para mis ojos.
Estaba débil, pero como esperabas tanto que llegara día de muertos te dejé ir…
Nuestro pequeñín sonreía al dormir. Su respiración era calmada. Espero cuando despiertes preguntarte si conseguiste muchos dulces, decirte que cepilles tus dientes, para que no tengas caries…
Dalia entró a la habitación del hospital. Inclinó su cabeza, saludándome en silencio mientras somnolienta, intentaba mantener los ojos abiertos. 
Abraham abrió los ojos y se levantó, sonriendo, salió por la puerta, tomado de la mano de Dalia.
Todo sucedió en un instante. Quise levantarme y detenerlos. Un escalofrío recorrió mi espalda al ver que Abraham seguía ahí. O al menos su cuerpo.
La confusión se apoderó de mi durante mucho tiempo. En especial el día que visitaba la tumba de mi hijo y descubrí que la pequeña Dalia también estaba ahí… con el diminuto detalle de que su fecha de partida databa de 50 años atrás.
Creo que mi pequeño está aún ahí afuera, en algún lado, teniendo un día de muertos que jamás termina, sonriendo y pidiendo dulces con Dalia. 
Si ves a un pequeño con cabeza de calabaza en día de muertos, tal vez sea mi Abraham.
– Increíble… –
– Este es el fin de mi historia, y no me interesa si crees que es real, o no.  – añadió ella.
Una sensación indescriptible recorrió mi cuerpo. Cerré los ojos por un segundo, para asimilar lo que acababa de escuchar. Para cuando los abrí, la dama se había ido.
Ni siquiera me molesté en asustarme o siquiera preguntarme si la dama había sido real, o sólo un fantasma queriendo compartir su historia. Tal vez, y sólo tal vez, era suficiente licor por esta noche.
Dejé unas tintineantes monedas sobre la barra y salí de ahí lo más pronto que pude.

 

~ Alfred ~

[CDM] Capítulo 5: Dulces por siempre.

[Prólogo]
[Capítulo 1]
[Capítulo 2]
[Capítulo 3]
[Capítulo 4]

Capítulo 5: Dulces por siempre.
¡Bienvenidos a la noche de día de muertos!
Estamos transmitiendo en muerto desde el más allá, en tu estación radial preferida…Radiomuerte, donde transmitir en vivo, es cosa de suerte. [Risas grabadas]
Esta noche, tenemos el favor, el don, la magia de que la gente viva se nos una. “¡Calaverita, por favor!” gritan por ahí, “¡Dulce o truco!” dicen en otros lados. Los adultos humanos reparten caramelos, galletas, y alguna manzana. Grupos de pequeñines recorren las calles caracterizados como muchos de nosotros (¡mira, aquella niña se ve tan fea como tu madre!)
Pero vamos en muerto con nuestro corresponsal en la Tierra, que observa cómo se lleva a cabo la celebración anual del día de los muertos y probará nuestro nuevo truco: hacer contacto con los vivos.
– Aquí Eduardo, reportando para Radiomuerte, hace mucho calor aquí en la Tierra. De este lado podemos observar… bueno, ustedes no, radioescuchas, pero les platico que puedo observar, a un grupo de niños traviesos correr por la calle. Todos intentan representar a las más espeluznantes criaturas, aunque en mi más sincera opinión, no dan ni pizca de miedo.  Corazones corriendo, temblando con anticipación, infantiles voces y risas por todas partes. Para ser un día lúgubre se ven demasiado felices. –
– ¡Vamos, no pierdas el bote de los dulces!
– La fiesta está por empezar!
– ¡Corre, en aquella casa están dando chocolates!
– Si pudiésemos probar el truco… ahora es el momento. –
Lalalalalala…
Lalalalalala…
– Pequeño niña, ¿cómo te llamas? ¿por qué los vivos necesitan una pizca de azúcar?
– Luisa… ¿los vivos?
– Sí, eh… claro, quise decir, los niños… sí, los niños.
– ¿De dónde saliste…?
– ¡Hey, mira, la luna llena parece una dona!
– Das miedo…
– ¿Quieres una dona?
– No, donas no… ¿quién eres?
– Nada, nada, sigue tu camino. Aquí no pasó nada.
– Querido auditorio, fue mala idea aparecerme enfrente de una pequeñita. Intentaré con vivos más creciditos. Una tierna brujita, un joven simulando un lobo, un fantasma cubierto por sábanas andrajosas, una fiesta llena de vida. ¡La noche es aún joven! Los traviesos muchachos entran a una casa (que se rumora está embrujada) para hacer una fiesta en el ático abandonado. Cuando la cena acaba, más amigos se unen a la fiesta secreta. Mal, mal, mal. Pequeños vándalos, invadir propiedad privada no es algo que deban hacer… tendrán que pagar por ello. ¿Quieren fiesta?
– Muchachooooos, holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, celebremos toda la nocheeeeee, día de muertossss, fiesta nacionaaaaaaaaaaaaaaaaaal, uUuuUuuUuuUuuUuUuUuUuUuuuuuuuuuuuu…
Temblando sin saber de dónde venía la voz, se puede sentir el conjunto de corazones latiendo, vibraciones en las columnas vertebrales… hora de trabajar, hagamos de este, un día de muertos feliz, lleno de muerte.
– Bú. –
Como si fuera el sastrecillo valiente, me llevé 7 de un golpe. 7 nuevas almas menos para la vida, y usted fue testigo aquí en Radiomuerte. Qué poco aguantan los jóvenes de la actualidad. Un pequeño sustito y directo al cajón. Pero, como no somos malos del todo, no nos llevaremos sus almas al otro lado. No aún. No del todo. Los dejaremos volver cada día de muertos, a pedir dulces durante toda la eternidad. Supongo que es un buen castigo por allanamiento de morada. Aunque hubiera estado abandonada. Aunque el dueño sea yo y esté muerto desde hace 24 años. Jeje… jeje… JEJEJEJEJE.
– La noche aún es joven… volvemos al estudio. Este fue, Eduardo, para Radiomuerte. –
– Gracias, Eduardo, vamos a un corte comercial.
♫ Radiomuerteeeee-ee-e ♫
~ Alfred ~

[CDM] Capítulo 4: El arrepentido.

[Prólogo]
[Capítulo 1]
[Capítulo 2]
[Capítulo 3]

 Capítulo 4: El arrepentido.

Golpeado por una bala perdida, su rodilla se dobla. Incapaz de encontrar un trabajo honesto, después de la milicia, Mauricio se convierte en un ebrio errante…
La vida, que parecía ser larga, de repente se vuelve una historia corta. Se pregunta si el inicio del fin está por llegar. Durante mucho tiempo había pensado “espero morir pronto”, pero seguía viviendo. Por ello se había enrolado para el ejército, esperaba encontrar la muerte en el campo de batalla… pero esta nunca llegó.
Inclusive con sus desgracias, en su corazón queda un espacio para su pequeña y dulce hermana, Lilí, a la cual dejó en casa antes de partir al servicio. Aún le envía una pequeña pensión para pagar sus estudios, a pesar de que para sí mismo no tiene ya dinero.
El destino actúa de maneras impredecibles, y quiso que este desdichado hombre encontrara un rayo de luz entre la penumbra. En una de sus noches errantes, tuvo a suerte que una dama bien dotada, con una sonrisa como la luna, se apiadara de él y curara sus heridas, dándole techo y alimento. Mientras los meses avanzan, la vida los bendice y sus labios se encuentran. “Tengo buenas noticias” – dice ella, y acaricia su vientre con la mano.
“No quiero morir”, pensó con todo su corazón, mientras sentía el filo de un objeto saliendo de su espalda. La sombra de un canalla se ve huir de la escena, un cobarde que buscaba unas monedas para poder comprar licor, apuñalando por detrás al buen hombre que caminaba solitario.
Aún en una noche tan trágica, las estrellas se veían hermosas y se podía oír una inocente risa en la distancia. Vísperas del día de todos los santos, la noche de día de muertos.
Ofreció incontables plegarias, pero al final permaneció silencioso. De alguna manera, logró recuperar sus memorias felices, aunque al final la mayoría de su vida no hubiese sido feliz del todo. Pero justamente, “el final” había sido su mayor tesoro.
La suave voz de la muerte acarició sus oídos: “llegó lo que tanto anhelaste por años, heme aquí”.
– Aún… no… no quiero morir ahora… – dijo con su último aliento.
~ Alfred ~

[CDM] Capítulo 3: Los hermanos separados.

[Prólogo]
[Capítulo 1]
[Capítulo 2]

 Capítulo 3: Los hermanos separados.

Cargados de esperanza en sus corazones, Víctor y Alfredo se embarcaron al nuevo mundo, surcando el mar hasta la tierra de la libertad, buscando la promesa de una nueva vida.  A medio viaje, una flotilla bucanera interceptó el navío, capturando a los más fuertes guerreros y matando a los débiles. Uno de cada cinco sobrevivió, viviendo una ilusión flotando en hambruna y fiebre. Sin miedo y confiando en que el destino volvería a unirlos, los hermanos se volvieron prisioneros, cada uno tomando un rumbo diferente decidido por sus captores.

“Donde hay pan, nuestro hogar estará ahí” pensaba cada uno. Las manadas de inmigrantes clavaron sus sueños en el nuevo mundo, pensando que ese era el destino que les había mandado su Dios. Uno fue a parar al conjunto de minas, y el otro como campesino a trabajos forzados. Justo ahí donde soñaron con un país de libertad…

El manifiesto del destino fue sólo el principio de un gran número de campos de batalla, donde los hombres eran arrastrados cantando fuertemente, montados sobre sus caballos y cargados de armas, expandiendo sus fronteras hacia el oeste.

Mil ochocientos cuarenta y ocho, la fiebre del oro estalló. Aunque caven, caven, caven el gran agujero, jamás hay un final. Es una historia trágica para los que cavan, y alegre para los que obtienen. Una situación extraña. Por más que tamicen desesperadamente, no hay oro. ¡Ah! es una situación trágica y sin sentido, el mundo feliz está en una era salvaje.

¡Caven todo el día a través de esa mina! ¡Es la fiebre del oro, vamos todos, vamos!

La era del alboroto frenético, personas que jamás detendrán sus pasos, aún cuando viven en la contradicción, ¿a dónde llegará el hombre después de todo esto?

La milicia se va formando de cualquiera que pueda empuñar un arma. Campesinos de brazos fuertes sueltan sus azadones para cargarse de mosquetes y someter cualquier rebelión.

Si mucha gente débil se reúne, atacarán a gente aún más débil. Pero ¿qué sucede cuando los débiles son obligados a atacarse a sí mismos? Aún cuando actúes bajo la idea de dejar fluir las cosas, siempre habrá discriminación e intereses de alguien más. Cada persona es débil, y cierra sus ojos llenos de cobardía. Nadie quiere ver la realidad, afrontar el mundo real.

La revuelta estalla, los mineros quieren libertad.

Los bravos guerreros estaban sobre la montaña, con buena vista, apuntando sus mosquetes hacia la turba que se aproxima. ¿Dónde queda la hermandad entre paisanos?

La milicia decidió elegir un mendrugo de pan, por encima de la sagrada hermandad entre los humanos. Jamás pensaron que estaban peleando contra sí mismos, contra carne de su carne, y sangre venida en los mismos viajes al nuevo continente. Y los mineros olvidaron también, que de aquel lado estaban sus familiares perdidos, corriendo con hambre de venganza sobre quienes no tenían realmente la culpa.

Entonces, fueron muertos por sus hermanos del batallón.

Separados en vida, se volvían a reunir en la muerte, los hermanos que por destino terminaron en bandos opuestos, nuevamente estaban juntos, jurándose que ahí en el más allá, no habría fuerza que volviera a encaminarlos hacia lugares distintos.

 

~ Alfred ~

[CDM] Capítulo 2: El hombre solitario.

[Prólogo]
[Capítulo 1]

  Capítulo 2: El hombre solitario.

A principios del siglo 19, hubo un hombre excéntrico que viajó de Gran Bretaña a Irlanda, como si fuese en contra de la nueva ola de la revolución industrial. León era un viejo albañil que estaba convencido de que si se convertía en granjero, jamás volvería a pasar hambre. Así que, subió a un pequeño bote, y cruzó el océano con su azadón en la mano.

No era un buen albañil, pero era aún peor como granjero. Por más que imploraba a los cielos mientras trabajaba la tierra, la mala suerte era la que le sonreía. Las patatas que desesperadamente cultivó, empezaron a pudrirse, convirtiéndose en un venenoso lodo negro.

Un boleto a cambio de su vida ¿era en realidad un boleto a la libertad, o un viaje sin retorno hacia la muerte? Todo o nada, una apuesta clavada cual estaca en su vida, para siempre.

Sin nadie a quién recurrir, León miró al cielo.  Su último pensamiento fue preguntándose si ese olor peculiar se debía a las patatas, o a que por fin la fiebre lo había alcanzado. Esa fiebre que viajó con él en el pequeño barco, que ahora parecía un ataúd infestado de muerte.

 

~ Alfred ~